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En Contreras, entre Riordan y Mateo Alemán

En Contreras, entre Riordan y Mateo Alemán

Requena(12/04/18). LA BITÁCORA -JCPG

El paisaje no es únicamente geografía. Ni mucho menos puede ser entendido sólo como una geografía humana. El paisaje es mucho más que esto. Es un producto elaborado y en permanente cambio que resulta del diálogo, la confrontación y el ensamblaje de la naturaleza y las acciones de los seres humanos. Una auténtica conversación entre la sociedad y el entorno. Cada paso que se da en el paisaje es algo así como la constatación de una historia: el rastro de tractores, el cultivo de oliveras en pequeñas parcelas, antiguos almendros casi abandonados, etc.

Un túnel junto al Cabriel. El exponente máximo de la agresión humana al medio natural, excavación de sus entrañas. Viejas ambiciones industriales han dejado su rastro en la orilla del río.

Esto mismo es lo que hoy, en plenas monas, realizan los visitantes de Contreras y los Cuchillos del bendecido Cabriel. “El domingo de Lázaro cacé un pájaro; el domingo de Ramos lo pelamos; el domingo de Pascua lo eché al ascua, y el domindo de Cuasimodo me lo comí todo”.

Un río bendito y un lugar paradisíaco. Guzmán, el Guzmán de Alfarache, del que Mateo Alemán compuso una extraordinaria pieza literaria que sigue dando que hablar por sus cuatro costados, no tuvo la suerte de encontrar a su segunda esposa en el Cabriel. El encuentro tuvo lugar en el Henares, y quizás por ésto Mateo Alemán no nos ofreció ni un párrafo de lirismo. Ay, si el flechazo hubiera tenido lugar junto al Cabriel. “… Se fueron por entre los álamos adelante a la orilla del río y sobre un pradillo verde, haciendo alfombra de su fresca hierba, se sentaron en ella” (pp. 424-425). En fin, Alemán sí se derrite en ciertos pasajes al glosar las bondades, los atributos exquisitos del gran río del sur español: el Guadalquivir. Dice: “…tan adornado está de frondosas arboledas, lleno y esmaltado de varias flores, abundante de sabrosos frutos, acompañado de plateadas corrientes, fuentes espajadas, frescos aires y sombras deleitosas, donde los rayos del sol no tienen en tal tiempo licencia ni permisión de entrada…” (I, pp. 125-126).

Impresionante imagen. Los Cuchillos en pie de guerra.

Las andanzas de Guzmán van refiriendo una degradación constante del personaje. Mateo Alemán consiguió pasar a Indias y quizás jamás pasó por Contreras para apreciar el gemelo del Tajo. Nacidos ambos en el Vallecillo, hay que ver qué  destino más dispar les deparó la historia. Para el Tajo quedó la gran historia, la de los libros, la glosada en las crónicas, pero también el desangrarse sin gritar, como hacen los ríos. Un desangrarse que es el trasvase de aguas, la contaminación y tantas otras cuchilladas que este gemelo está sufriendo desde hace tiempo. El otro gemelo ha tenido mejor suerte. Atraviesa una tierra respetuosa con sus aguas y puede presumir de ser el más limpio. Aguas cristalinas trae, mientras lo apoyan a tramos constantes manantiales de fuentes que lo van enriqueciendo y embelleciendo. Todo un desfile este Cabriel.

Un desfile de belleza.

Todo nacer es proceso diminuto. En el Vallecillo surgen las aguas primigenias del Cabriel.

 Nuestra travesía la realizamos siguiendo el curso mismo de las aguas, descendiendo desde la venta del siglo XVI hasta las proximidades de la aldea de La Fonseca.

Una venta pequeña, situada en el camino a la corte. Ideal para el descanso de los comerciantes y viajeros de otros tiempos. Una venta cobijada, cautelosa, de hablar sereno en la falda de la vertiente derecha del río. Fue propiedad de los Berlanga de Utiel, aquel Utiel de los tiempos caciquiles, el Utiel de la Restauración. La mano de don Fidel alcanzó hasta Cuenca, donde se le recuerda en la Posada de San José. A cada paso del paisaje se abre una historia.

El trayecto hasta la corte estaba jalonado de ventas. El caminante y quienes transitaran podían tomar aliento en estas ventas. La de Contreras, del siglo XVI, era un alto en una naturaleza abrumadora con los seres humanos.

Aquí sí que es imposible escapar a los efectos del paisaje. Pienso que nunca es posible zafarse de su influencia, pero en este lugar menos todavía. Esto le pasa también a Guzmán, aunque el tema paisajístico es casi inexistente en esta obra, porque Mateo Alemán se detiene en los personajes y sus evoluciones y no tanto en sus entornos. Aún así dice:

“Cuando determiné mi partida, ¡qué de contento se me representó, que aun me lo daba el pensarla! Veía con la imaginación el abril y la hermosura de los campos, no considerando sus agostos o como si en ellos hubiera de habitar impasible; los anchos y llanos caminos, como si no los hubiera de andar y cansarme en ellos; el comer y beber en ventas y posadas, como el que no sabía lo que son venteros y dieran la comida graciosa o si lo que venden fuera mejor de lo que has oído; la variedad y grandeza de las cosas, aves, animales, montes, bosques, poblados, como si hubieran de traérmelo a la mano. Todo se me figuraba de contento y en cosa no la hallé, sino en la buena vida…”(I, I, 8, p. 190).

Una pequeña nubada cae en las costillas de lo excursionistas. Es poco. Aún así suficiente para humedecer la hierba y los recuerdos de quienes en otros tiempos vieron mojarse los lomos en mitad de las viñas.

Alemán inserta el paisaje en el estado anímico el personaje. Hoy , en las monas, el paisaje se nos introduce en el alma. Caminamos, respiramos, asimilamos, nos adentramos en un paisaje que nos transforma el alma. No nos ofende el sol, pero lloverá a la tarde, durante la comida en el campo. Encontramos refugio en unas cabañas turísticas. Una nubada breve, apropiada para sentir en aroma y frescor de las plantas mojadas. El hombre de ciudad necesita estos pequeños instantes para introducirse aún más en la naturaleza. Su carácter se ha forjado de espaldas al mundo natural y vive, en ocasiones, acomplejado por dicho distanciamiento.

 

Las aguas del río enmarcadas en la estructura de un puente de hierro. Un puente a ninguna parte.

 Pensar que en la época en que se compuso el Guzmán, el paisaje apenas se podía considerar un sujeto literario, un elemento de las obras literarias. Es en esta obra donde empieza a vislumbrarse su papel, y se delineará aún más en la obra de Cervantes. Hasta 1611, la palabra “paisaje” no se recoge en un diccionario. No aparece en el Covarrubias, el Tesoro de la Lengua Castellana, de ese año. Sí décadas después en el Diccionario de Autoridades: “pedazo de país en la pintura”.

Admirar estas emanaciones pétreas, manantiales de roca, que son como guerreros a pie firme que custodian el río, es un espectáculo que pocos tienen ocasión de admirar a orillas de un río, sobre todo si sus cuchillos se reflejan en las aguas límpidas del gran río. Y pensar que nuestra escuela parece más interesada en volcarse, en echarse en los brazos de la tecnología en lugar de admirar las obras naturales, el permanente diálogo de la naturaleza de los humanos. La tecnología es algo efímero, la naturaleza y el paisaje son bastante más duraderos. Giner de los Ríos ya subrayó la importancia de la educación paisajística. Pero hemos llegado hasta aquí sin desarrollarla. Así que qué podemos esperar de un sistema educativo que no enseña a disfrutar de estos farallones, de estos Cuchillos del Cabriel, de estos túneles construidos por humanos agujereando la naturaleza; como tampoco enseña a disfrutar de viñedos ni de campos de cereal. Quizás aquí hay también un factor de ese proceso de “laponización” que se está produciendo en esta España nuestra. ¿Son los “últimos” (empleando el término de Paco Cerdà),  los últimos en comprender y ofrecer su alma al paisaje? Hoy, entonces, también somos nosotros parte de esos “últimos”, aunque alguno de nosotros, elemento juvenil, todo hay que decirlo, lea a Rick Riordan en la Venta de Contreras, en lugar de leer las páginas de Mateo Alemán. Al menos se lee.

Las referencias literarias proceden de:

  • Mateo Alemán, Guzmán de Alfarache. Primera Parte, edición de Benito Brancaforte. Madrid: Cátedra, 1981.
  • Mateo Alemán, Segunda Parte de la Vida de Guzmán de Alfarache. Atalaya de la vida humana, edición de José María Micó. Madrid: Cátedra, 1987.

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