Martes , 11 diciembre 2018
Titulares de hoy
Inicio » Columnas » Brazos abiertos
Brazos abiertos

Brazos abiertos

LA BITÁCORA //JCPG

Requena (14/06/18)

Hay que ver cómo da de sí un café. Especialmente si has terminado una larga etapa de corrección d varios cientos de exámenes y estás poco menos que agotado y horrorizado al

Claude Cahun.I Extend My Arms, 1931 o 1932.// Tate Modern.

Claude Cahun.I Extend My Arms, 1931 o 1932.//
Tate Modern.

contemplar la enormidad de la estupidez. Me tomo un café mientras escucho en la radio las últimas noticias, y, como no, nuestra acogida al buque abandonado a su suerte en medio del mar Mediterráneo. A este paso el Mare Nostrum sigue desempeñando el mismo papel que ha tenido en los último milenios: conectar mundos, servir de pasarela de un lado a otro. Me temo, sin embargo, que muchos de nuestros compatriotas desempeñarán, a partir de ahora, un papel similar al de la fotografía de Cahun: los esperamos con los brazos abiertos, pero nuestro interior seguirá siendo rocoso y refractario, nada traspasable en un mundo tan interconectado como este del siglo XXI. Al menos nosotros hemos abierto los brazos. Otros, como los daneses, parecen encastillarse en su bienestar y no estar dispuestos a compartirlo. Por aquí hace aguas Europa.

Cahun, nacida francesa en una familia judía, estuvo en el corazón del París del arte vanguardista de la primera mitad del siglo XX. Vamos, hasta que los nazis acabaron por joderlo todo y ocuparon el país. Fue una fotógrafa formidable, quizás poco conocida. Fue detenida por la Gestapo en 1944, pero pudo sobrevivir aquel mundo de destrucción. La habrían eliminado no sólo por su judaísmo, sino también por su bisexualidad. Es curioso el carácter absolutamente fulminador del nazismo, que no soportaba la expresión del arte moderno. Ya sabemos que lo tenían por pervertido. Porque el fascismo italiano, en cambio, no entró en disquisiciones sobre este arte vanguardista. En consecuencia, hoy pueden contemplarse obras arquitectónicas notables en la Italia actual, construidas en aquélla fascista. Suerte para los italianos. Ellos disfrutan de estos edificios y nosotros…no podemos disfrutar algo como el maldito Valle de los Caídos. Quizás aquí lo único que merece la pena son las esculturas de Juan de Ávalos.

Ávalos con su San Marcos para el Valle. Espectacular, impresionante. Además, un escultor izquierdista, conectado con el mundo soviético de la cultura.

Ávalos con su San Marcos para el Valle. Espectacular, impresionante. Además, un escultor izquierdista, conectado con el mundo soviético de la cultura.

Este Palazzo de la Civiltta recuerda claramente al Coliseo. Ambición recuperadora, aunque sólo fuera de la estética del Imperio Romano. También lo intentaron con el cine.

foto 4

 

 

 

 

 

 

 

  Este Palazzo de la Civiltta recuerda claramente al Coliseo. Ambición recuperadora, aunque sólo fuera de la estética del Imperio Romano. También lo intentaron con el cine.

Apurar la taza de café. Esto es lo que hago, porque me espera un pinchazo en la rueda de la bici que es necesario arreglar cuanto antes. Aunque ya no monto en ella como en los años mozo, todavía siento algo especial cuando la preparo y la limpio. Es el recuerdo, la importancia de un pasado personal grabado en la memoria.

La bici sirvió para mucho. Para comunicarse con amigos, incluso con la gente de las aldeas próximas, léase Las Monjas, Los Marcos, Casas de Eufemia, Casas de Cuadra. Te proporcionaba un nivel de libertad tan grande que ni siquiera hoy poseo con el coche. Salir con ella y darse el atracón de los albericoques del tío Victor (en el pueblo, Vítor) en el Vallejuelo; probar las lindezas del cerezo de Paulino –no sé si el pobre hombre probó en alguna ocasión sus cerezas; catar los melones en el huerto del Vallejo… Y caerse en aquella raíz que sobresalía en el pinarro del puente de la rambla. Era un pedazo de raíz; a la medida del pino, claro. Menos mal que oportunamente Emilio, con aquel viejo Land Rover, me recogió, con las rodillas llenas de sangre, los brazos contusionados y algo atontado.

Acabo el café. Soy cafetero, porque me encanta el café. No pertenezco a esa familia de Los Cafeteros que existe en mi pueblo. Así les denominaron. No es que tuvieran un campo de café en el Piazo las Ánimas o en La Cañá. Ni mucho menos. Ni siquiera una fábrica de tostar. Simplemente el patriarca de la familia hacía café para un grupo de amigos. Así nace un apodo. Este mote no tiene nada de despectivo, antes bien, es exclusivamente descriptivo.

Extiendo los brazos. Es humano. Pero me tomo mientras mi café. Esto también es humano. Espero, sin embargo, que tras los brazos no se encuentre la materia rocosa. Esto es, espero que no sea una medida exclusivamente propagandística destinada a producir rentabilidad política. Sería desalentador y profundizaría una cierta desconfianza que yo en particular tengo sobre nuestras instituciones.

En Los Ruices, a 13 de junio de 2018.

Deja un Comentario

Scroll To Top