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El abrazo del Yermo

LOS COMBATIVOS REQUENENSES // Víctor Manuel Galán Tendero

Requena (17/12/18)

La palabra yermo evoca soledades, especialmente en estos recios tiempos en los que aparece desnuda en el mapa la cruda realidad de la España vacía. Aunque se aplica inicialmente a paisajes escasamente fértiles, se asocia por motivos bien comprensibles con espacios poco poblados o despoblados. Quizá esta pluralidad de significados nos enfrente con una cuestión bien actual, la del qué hacer con unos espacios de cicatero poblamiento, sin apenas seres humanos, cada vez más reducidos a unos venerables ancianos convertidos en los últimos mohicanos por los azares del destino.

El yermo ha sentado sus reales en las tierras hispanas en más de una ocasión. En los albores del siglo XIV, la extendida Corona de Castilla, que ya comprendía Requena y sus tierras, padeció una serie de circunstancias adversas, y los yermos hicieron presa en áreas como la de Soria. A día de hoy, la historiografía prefiere hablar más de reestructuración del territorio que de despoblación en este caso; o sea, las gentes se concentrarían en un menor número de aldeas, dotadas de sus propios terrenos y sometidas a la autoridad de una cabecera municipal, fuera villa o ciudad.

Bajo este punto de vista, el yermo o despoblado era un espacio más o menos controlado por otro, que terminaba sirviendo al interés particular de algún regidor que se llenaba la boca invocando el bien público. Sus ambiciones acreditan que el yermo de inservible o de estéril poco tenía, y que la población no crecía lo suficiente no solo por el azote de las pestes.

No obstante, el control de tan amplios espacios siempre fue complicado. La misma Monarquía, señora directa de una pléyade de municipios como Requena, tuvo serios problemas para controlar la desposesión de términos o las atribuciones fraudulentas de despoblados, por muchas leyes que se invocaran desde tiempos de los Reyes Católicos al menos. Era muy difícil saber qué sucedía en las inmensidades de terreno de términos como el nuestro, caracterizado en el siglo XVI por sus regidores de quebrado, difícil y por supuesto de complicado recorrido, como cuando los caballeros de la sierra tenían que dar su esperada vuelta.

En el siglo XVIII tuvo lugar una importante expansión agraria en los términos requenenses, a veces por obra y gracia de una serie de poderosos no muy escrupulosos con la legalidad vigente. El yermo en sentido amplio les incitó a cumplir sus ambiciones, aunque también se dieron otras situaciones.

Aquellas tierras disponían de una abundancia de recursos forestales y cinegéticos verdaderamente apreciable, en teoría a disposición de los vecinos, que décadas más tarde deplorarían la desamortización de Madoz por privarles de aquéllos. Entonces abogados progresistas como Vicente Llovet defenderían la vigencia de la Carta Puebla de Alfonso X para evitarlo. Lo cierto es que los vecinos eran conscientes de las posibilidades de sus términos.

A fines de diciembre de 1806, España se encontraba comprometida en una penosa guerra contra Gran Bretaña por mor de su alianza con Napoleón. Aquel año, los británicos llegaron a ocupar Buenos Aires. Los recursos del imperio español se encontraban económicamente muy quebrantados, y la derrota de Trafalgar hacía sentir sus penosas consecuencias. Los municipios tenían que aportar caudales y hombres jóvenes al esfuerzo militar, con no poco riesgo para la estabilidad social de la comunidad.

Los regimientos provinciales o de milicias se nutrieron de los sorteos de los mozos de la quinta en teoría, muy denostados por muchas excepciones que se introdujeran y por mucho que el señor cura santificara algunas operaciones. No pocos jóvenes no se mostraron dispuestos a ser separados de sus familias y de emprender una vida militar que más que gloria les deparaba años de castigo, escasez, enfermedad y más de un disgusto todavía mayor, con escasas perspectivas de medrar.

Habitualmente, los mozos requenenses habían huido al reino de Valencia de las obligaciones militares del monarca. Así había acontecido en el siglo XVII. Con el establecimiento del régimen de la Nueva Planta, el capitán general de Valencia no fue un virrey, sino un militar de alta graduación con importantes poderes políticos, que llegó a ejercer una cierta supervisión sobre los mozos requenenses que podían acabar en sus regimientos, algunos desplazados al territorio valenciano. Con una armada británica acechando el litoral español y un ejército necesitado de fortalecer su infantería de marina y su armada, escapar a Valencia no era una buena opción.

Por otra parte, marchar tan lejos entrañaba romper de hecho con la familia y las amistades, esenciales en las solidaridades vecinales, y varios sorteados en las milicias decidieron establecerse en Los Sardineros y en las riberas del Cabriel. Subsistieron gracias a la leña allí conseguida, tan importante para la construcción, la calefacción y otros usos. No sabemos cómo se organizaron aquellas gentes exactamente, arranque de la aldea hoy maltrecha, pero llamaron la atención de las autoridades municipales requenenses, preocupadas por la magnitud del fenómeno.

¿Es único este caso? Para aquellas personas el yermo fue una oportunidad de libertad, de no permanecer subordinado a unas normas contraproducentes, algo muy propio de la Historia europea o de nuestra civilización. En las riberas del Don y del Dniéper se acogieron los indómitos cosacos, que tanto dieron que hacer a gobernantes otomanos, polacos y rusos. Su modo de vida libre en comparación con otros les mereció los honores literarios del romanticismo, al igual que los pioneros de la América del Norte, convertidos por algunos en la quintaesencia del carácter estadounidense. Los gauchos argentinos, representados por Martín Fierro, fueron por ello igualmente ensalzados por tipos del talento de José Hernández. En la misma América, los esclavos de origen africano a veces huyeron de las imposiciones de sus amos formando comunidades propias, los quilombos de tan mala prensa en la sociedad respetable. En estos casos, el despoblado fue una incitación a una vida más auténtica. ¿Alienta en los neorrurales algo similar? Quizá, quizá, si más de uno sintiera el abrazo de la libertad del yermo nuestra España vacía no lo estaría tanto.

ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA.

Libro de actas municipales de 1803 a 1807, nº. 2734.

Imagen tomada de Pobles Valencians Abandonats.

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