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El boniato

El boniato

Requena(16/11/17) .LA BITÁCORA. JCPG

¿Se puede creer en el vino? Habrá individuos para los que la pregunta sea un absurdo. No está dirigida a ellos. He lanzado el interrogante a los no avisados, a los entregados a otras pasiones, a los apocados sinsal, a aquellos que, abstemios o no jamás han introducido un interrogante de esta naturaleza en su vida. El vino, el núcleo de la reflexión, del diálogo, del pensamiento, de la amistad, la llave que ha servido y sirve a muchos para soportar una existencia terrible.

Viene esto a cuento de que estoy leyendo una obra de Roth, La leyenda del santo bebedor, una obra que desconocía y que me resultaba enigmática. Kartak, el minero, el polaco en París, el desarraigado, el pobre elemento que mendiga por las calles de la ciudad del Sena, es un borracho, un bebedor -como quiere el autor de la novelita-, un borrachín, más bien, porque acaba por despertar cierta simpatía. Aunque dilapide el dinero en amantes, amistades y otros vicios. Kartak era una especie de Roth novelado, consumido por el alcohol, superviviente a su pesar en una sociedad que le resultaba ajena, bebedor y vividor en el París de entreguerras, convertido en tierra de acogida. Por poco tiempo, hasta que los nazis y el movimiento ultraderechista francés acabaran por ahogar el sueño de libertad y convertirlo en un “mundo de ayer”, como diría el otro exiliado europeo del Brasil: Stefan Zweig.

Esta edición de Anagrama es especial, porque contiene un prólogo excepcional de Carlos Barral, que rivaliza en calidad con el texto de Roth.

El olor. Los olores. La memoria. Kartak persigue los olores en cada esquina . le puede el vino y la absenta. El vino convierte su vida de hombre sin patria, sin trabajo, sin familia, de hombre arrojado por la sociedad a las cloacas, en una vida habitable, una vida dedicada a revivir ciertos recuerdos. Lo mismo que la propia vida de Roth, privado de su patria y llegado a la Francia de la IV República, marcada por la calma tensa, barruntadora de tormentas.

Han estado de moda las exposiciones históricas, dedicadas a civilizaciones y pueblos ya fenecidos, que han descansado en los aromas. El poder evocador de los aromas. Un poder que se convierte inmediatamente en memoria. La memoria que reposa en aquellas estufas de leña antiguas. La abuela y la madre se afanaban en pintarlas de gris. La leña de las oliveras se preparaba en tarugos para alimentar el fuego de la estufa en el invierno. Aquellos cimales inmensos de las viejas oliveras, supervivientes de un tiempo en el que fueron más necesarias que nunca, ahora eran destinadas a producir calor. En el viejo trullo, en el que, antes que existiera la cooperativa, se elaboraron caldos, ahora se guardaron los tarugos para el invierno.

El invierno. Un invierno sin calefacción. Sólo con la estufa de leña en la pequeña salita de una casa enorme. En los cuartos, sólo a dormir; en colchones de lana, de aquellos que costaba poco excavar una fosa en ellos, pero una fosa de la que era difícil salir. Lana. calor. Frío. estufa, pero también el olor a boniato. En el horno de la estufa mi madre colocaba unos boniatos. Toda la casa tomaba un olor impresionante. Era delicioso aquel aroma. Un paraíso en la nariz. He estado en casa de un amigo que, en su estufa de leña, ha colocado los boniatos. El recuerdo ha sido inmediato. Lo de menos es probar los boniatos. En este caso, basta con el aroma. La seducción de ese olor que se extiende por toda la casa es tan potente que ya no importa otra cosa. El olor es evocador, conduce al recuerdo y a la conversación sobre el recuerdo. El olor es un árbol gigantesco del que surgen todo tipo de ramas.

Aquellas viejas estufas. Las alimentábamos en los crudos inviernos para pasar los días. Aún recuerdo a algún solterón de Los Ruices eternizarse en la tarde fría junto a la estufa, mientras mi abuela Pilar decía en voz baja aquellos de “No será irá ya este cansino pa que cenemos”. Se decía que el pobre hombre ahorraba hasta en el calentor de su casa, porque era un roñoso mayúsculo. Sin duda pensaba en sus sobrinos antes que en su comodidad.

 

Venía de asistir a un congreso, el octavo en nuestra tierra. La última jornada ha sido celebrada en Fuenterrobles. Una parte de Los Ruices se fue a aquel pueblo hace muchas décadas. Julián, sobrino del entrañable tío Marcos, nos traía durante años el gorrino para la matanza, con aquella furgoneta Ebro, de la que hacía descender al bicho directo para la mesa. Mi padre me hacía empuñar el vencejo que había atado a la pata. Arriba y el cuchillo al cuello. Una fiesta grande aquellos días. Trabajo inmenso el de arreglar el chino y hacer el embutido. Pero una delicia el recibir a familiares y amigos que se acercaban a ayudar y almorzar, por qué no.

El congreso, dedicado al amplísimo panorama del turismo, a los turismos, significó domingo una profundización en la memoria cultural de esta tierra. Entre Nacho con sus Judas, y Fernando, con sus animeros, crearon una atmósfera de cuestionamiento de la identidad. La presentación del trabajo de Francisco Arroyo, sobre los juegos tradicionales, delineó la sustancia de un cambio radical, de una frontera de lo lúdico que es casi un inmenso tajo en la memoria y en la generaciones: yaya, ven pronto que la mama esta con el feisbuc; que tremenda realidad; pedazo de horizonte vital. ¿Qué ha sucedido con el paso del tiempo? ¿Estamos dispuestos a disolver nuestras esencias en la globalizada sociedad actual? ¿Estamos dispuestos a sucumbir a la ola identitaria que sopla de la metrópoli valenciana, una ola valencianizadora, excluyente, destinada a trazar líneas de demarcación y separación? Fermín indicó el proceso de difuminado de la esencia de esta tierra, del acelerado proceso de disolución en lo valenciano. Pero entendamos este último valenciano como el excluyente, no el acogedor territorio amplio que ha sido hasta la fecha.

¿Un hibridismo desaprovechado? Esta es la cuestión. Nuestra tierra aún no ha explotado sus posibilidades como territorio de intercambio, como tierra interrelacional. ¿Cuándo lo hará? Al paso que vamos…

Mientras cuento algunas cosas del congreso a mi amigo, el de los boniatos puestos en la estufa [por cierto, no está de más decir que para esta memoria personal que uno atesora, los boniatos no son boniatos, sino moniatos] recuerdo viejos papeles sobre la Partida de Lázaro, en la que me encuentro. La citada demarcación tenía su centro en la Casa de Lázaro, una antigua explotación agrícola de la que emergieron tres aldeas: Los Ruices, Casas de Eufemia y Los Duques. Aquellos papeles expresaban la desazón, la preocupación y el pesimismo de las gentes de la Partida por los ataques de los carlistas. Cuando los carlistas atacaban perdían las reservas de comida y peligraban hasta sus propias vidas. Era una guerra civil constante lo que vivió nuestro país entre 1830 y 1875-76, una guerra destinada a consumir recursos y vidas; una guerra que dilapidó el imaginario ultraconservador del carlismo y el liberal. Perdida la Monarquía Hispánica definitivamente a manos del Imperio napoleónico en las calles y plazas del país en aquel 1808, los años 1820-30 verían el definitivo colapso de la otra pata de las Españas: la América española, pilar crucial de un estado construido desde aquel año de 1492. Desde 1830, España se enfrentaría a tres grandes debates y confrontaciones: la construcción de una nueva sociedad, en la que el carlismo tenía mucho que decir; la pugna por mantener un imperio, y, en tercer lugar, definirse como un Estado-Nación contemporáneo, asunto muy complejo, nunca concluso y que llega hasta hoy mismo. Algo parecido a esto parece intuirse en el título de la conferencia de Miguel Romero.

El historiador Miguel Romero es ya un avezado investigador del carlismo y conoce bien un tema que está anclado en los propileos de la contemporaneidad española.

Precisamente sobre el carlismo versará la conferencia de Miguel Romero, importante historiador y escritor conquense, que tendrá lugar el martes en Utiel. La Asociación Serratilla está haciendo un buen trabajo sobre la historia de nuestra tierra. La presencia de Romero es esencial en la labor de tender puentes, relaciones, colaboraciones con el lado conquense, al que afectiva y familiarmente tan unido me siento. Así que la charla de Miguel Romero, el autor de varias obras sobre el carlismo, permitirá comprobar los lazos históricos que no deben perderse, sino anudarse para el futuro.

¿Puede restituirse el honor a una pretendiente carlista? ¿A dónde llega la dignidad real de doña Blanca? ¿Cuál es el lugar de esta mujer dentro del gran movimiento carlista? ¿Representaba la otra cara de un movimiento que tenía como cabeza a su marido? La obra de Romero trata de despejar estas incógnitas, aunque, como suele ocurrir con las mujeres de estos tiempos, la sombra de lo masculino resulta demasiado alargada.

Romero ha transitado ya por el tema. Y también por el problema. Porque el carlismo continúa siendo una fuente de agudos y profundos debates historiográficos. La perspectiva regional y comarcal es una faceta que contribuye a incrementar el problema de definir adecuadamente el movimiento carlista. Por más que se haya llegado a un consenso de mínimos sobre dicho movimiento, especialmente en el sentido de considerarlo un pórtico de la contemporaneidad hispánica, un movimiento de tono contrarrevolucionario emparentable a otros similares del entorno europeo, no deja de presentar muchas aristas. La necesidad de los matices se hace más imperiosa cuando se desciende a los niveles locales del desarrollo de la historia. La obra reciente de José Luis Martínez permitía enfocar el problema a escala local, desde Utiel. ¿El Utiel del carlismo ofrece líneas paralelas a las de otros pueblos conquenses? ¿Qué posiciones y actitudes se desplegaron en nuestra tierra ante el fenómeno carlista? ¿Sólo posicionamientos defensivos? ¿Qué influjo ideológico tuvo este movimiento en la comarca? ¿Hay que descartar el influjo a la contra del movimiento carlista en la mirada a Valencia desde 1851? Demasiados interrogantes quizás. Demasiados portillos abiertos para una memoria extensa, abierta y nada excluyente como la de esta comarca.

Y todo esto a cuenta de unos boniatos. ¿O eran moniatos?

 

La obra del historiador utielano clama por ser continuada.

En Los Ruices, a 15 de noviembre de 2017.

 

La última jornada del VIII Congreso de Historia Comarcal. Foto: Cultura Requena. La ponencia de Nacho sobre el Judas constituye uno de los mejores trabajos del evento y una de las investigaciones más interesantes, que reposa sobre el principio comparativo, una metodología de investigación notablemente fructífera.

Joseph Roth era un escritor judío del antiguo Imperio de Austria-Hungría, una inmensa estructura política que cobijaba multitud de culturas y de sociedades. Un imperio multinacional, aquel de los Habsburgo, que se hundió en la Paz de París de 1919. La pulverización del mismo en multitud de naciones alimentó posteriormente la cruda realidad de los totalitarismos hasta el fin del sistema comunista a finales de los años ochenta del siglo XX. Era una patria inmensa, pero una patria donde las minorías, como la judía a la que pertenecía Roth, podían convivir sin grandes dificultades. Roth acudió a la absenta y al vino para sobrevivir a un mundo que le daba la espalda.él, que se había considerado a sí mismo como un judío accidental, como tantos otros de aquel tiempo, tuvo más suerte que el chico judío del Sin destino de Kertesz y los seis millones que fueron aniquilados en la Shoah.

 

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