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El rastro protestante

El rastro protestante

LA BITÁCORA DE BRAUDEL. Por Juan Carlos Pérez García.

Ya en el título de este escrito acabo de enunciar con claridad el contenido del mismo. En realidad, la apariencia de una tierra uniformemente unida por una firme creencia religiosa de orden católico aparece cada día más como un mito. Los mitos son construcciones racionales, pero diseñados para explicar lo difícilmente comprensible. No puede ser real un territorio de intermediación, esencialmente de paso, donde los contactos de todo orden eran algo habitual, un territorio sustancialmente católico.

Sin embargo, en principio hay que reconocer el dominio del catolicismo. Es evidente. Está en cada población y casi en cada calle. Porque la Iglesia forma parte de la historia española, y de la de estas tierras nuestras igualmente. Se quiera o no. La importancia del tema no se puede ocultar. No se puede obviar de ningún modo la relevancia histórica del catolicismo, que llegó a impregnar hasta lo más cotidiano y los actos sociales de toda índole. La Iglesia respaldó, y no sólo con la ideología, la expansión de la reconquista. La actividad de la Inquisición nació en el siglo XV basándose en las premisas religiosas. La evangelización de América contribuyó a crear una comunidad de civilización con España. El general Franco recibió el apoyo de la Iglesia desde el 18 de julio de 1936; a su movimiento se le adjudicó el lema de cruzada contra el ateísmo y la revolución. Por fin, el anticlericalismo es la cara opuesta a esta significación central de la Iglesia en nuestra historia. Precisamente sobre cuestiones de este cariz versará un curso del Aula Abierta de la Biblioteca.

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A pesar de todo, resulta increíble que existiera una sociedad que abrazara en bloque, sin fisuras, el catolicismo. Cuando la libertad comenzó a afirmarse emergieron los fenómenos disidentes; aparecieron gentes y procesos que se apartaron de los credos tradicionales. Me interesa hoy la personalidad de Francisco Palomares García. Don Francisco había nacido y se crió en Requena, pero pudo –al parecer con muchas dificultades económicas- estudiar en Cuenca, y finalmente convertirse en sacerdote. Ejerció como tal, hasta donde sé en este momento en San Antonio, San Juan y Cuenca. Pero el viraje decisivo de su vida lo realizó en Sevilla. En la capital del Guadalquivir se convirtió en médico (la imagen que ilustra estos renglones corresponde al anuncio de uno de sus medicamentos, por el mismo ideado) y entró en contacto con el anglicanismo.

La doctrina anglicana la mamaría más intensamente durante su estancia en Gran Bretaña a partir del triunfo de la revolución democrática de 1868. Más tarde regresaría para difundir el anglicanismo en el solar hispano. Existen otros detalles de su trayectoria como predicador que son interesantes, pero necesitan de un mayor contraste con fuentes más fieles que los comentarios adulatorios de sus seguidores anglicanos en el Sur. Lo significativo de Palomares, por el momento, es: primeramente, que su personalidad surge de Requena y de Cuenca, unas plataformas aparentemente católicas; núcleo que aparentemente son en el período contemporáneo de las más pura ortodoxia; a mí me parece que está claro que en este ambiente tuvieron que existir elementos disidentes (lecturas, personas) que rompían con la ortodoxia católica; es pues imprescindible estudiar más a fondo la realidad religiosa de la primera mitad del siglo XIX; a lo mejor nos encontramos con sorpresas. Hay que saber que se estaba cociendo en aquella Requena de las décadas 1840-60, quizás en el ambiente de un fervoroso liberalismo surgían fenómenos de ruptura religiosa. Quién sabe. En segundo lugar, la trayectoria de Palomares parece bastante elitista desde el instante que sale de Requena, en el sentido de que se convierte en personaje más o menos protegido por el obispo conquense y en Sevilla entra en la órbita de las élites aristocráticas que decoran la ciudad en los años finales del reinado de Isabel II. Tendríamos que conocer cómo pudo estudiar Palomares, porque al parecer sus recursos iniciales eran bastante cortos; si apareciera algún personaje de las élites conquenses o requenenses por medio, esto nos daría algunas claves de la trayectoria posterior, y nos permitiría esclarecer mejor la realidad de la Meseta de Requena y Utiel en la vertiente espiritual, e incluso en los asuntos educativos por lo menos.

Bien. Palmares podría ser un fenómeno muy singular, no lo niego. Pero ¿no existe clave alguna de sus orígenes que permita explicar de alguna manera su enigmática evolución posterior hacia el anglicanismo? ¿Va a ser todo responsabilidad de los anglicanos de Sevilla y los anglicanos de Gran Bretaña? ¿Qué matices encierra un personaje como este? Al menos en el siglo XIX la Meseta ya no era un pilar incólume del catolicismo. Tampoco lo era porque emergía poderosamente también el fenómeno anticlerical, el rechazo e incluso el odio a lo que significa la jerarquía eclesiástica y la religión católica misma. De esto queda todavía bastante.

Palomares es también una enorme personalidad del protestantismo español y europeo. El desconocimiento en su tierra de origen es descomunal, se limita a un par de líneas en un libro. Esto no es nada nuevo. Olvidamos demasiado rápidamente y retenemos en la memoria a demasiado advenedizo. No hay manera de que aprendamos la lección: los olvidos deberían impulsarnos a recuperar una imagen de nuestra historia y nuestra cultura menos estereotipada, más compleja por plural. No corren buenos tiempos para la diversidad. Aparentemente esta es la sociedad del pluralismo, del pluralismo cultural, social e ideológico, incluso del pluralismo étnico. Pero ya sabemos que el pluralismo engendra precisamente el mecanismo opuesto: la defensa de las esencias nacionales. Igual que es racional, humano y democrático reconocer nuestro pluralismo actual; de la misma manera quizás hay que empezar a airear sin complejos el pluralismo del pasado. Por estos principios pasan las sociedades justas, las sociedades democráticas; empeñarse en mantener incólumes supuestas esencias patrióticas es un error, y además, por injusto, es antidemocrático y antipatriótico.

En Los Ruices, a 9 de abril de 2014.

4 Comentarios

  1. Un protestante agradecido.

    Apreciado Juan Carlos.

    Aunque no tengo el gusto de conocerle personalmente, le agradezco su artículo publicado en el día de hoy.

    Aunque en este país desde la llegada de la democracia han cambiado muchas cosas (algunas demasiado), en el tema religioso no ha sido así, y todavía hay muchas personas que no tienen ni idea de lo que cree un protestante ó evangélico (que es el nombre por el que se nos conoce en España).

    Aunque ciertamente somos una minoría también existimos, y es una alegría ver como Usted habla de nosotros de una forma imparcial.

    En cuanto a nuestro paisano Francisco Palomares; como Usted, dice el desconocimiento de su persona es descomunal.

    Según la información de la que dispongo, la cual puedo poner a su disposición si así lo desea, nuestro paisano fue nombrado en 1864 cura ecónomo de la Iglesia de S. Martín en Cuenca, alternando este cargo con el de rector y administrador del Colegio de S. Pablo, agregado al Seminario Conciliar de Cuenca. Poco después pasó a formar parte del servicio de los Marqueses de Retortillo, como capellán y preceptor de sus hijos. Posteriormente marchó con los mismos a Francia; y después a Londres, residiendo en el número 10 de Quenn´s Gate Gardens, Kensington. Según la información de que dispongo fue durante su estancia en Inglaterra cuando tomó contacto con la Iglesia Anglicana; y a su vuelta a España, junto con Manuel Carrasco, fue el precursor de la Iglesia Evangelica Reformada Episcopal.

    Como Usted bien dice se dedicó a la medicina, doctorándose en 1882 con la especialidad de “coqueluche” o “tosferina”. Invento un jarabe contra esta enfermedad, conocido en Sevilla como el “jarabe protestante”, al cual hace Usted mención en su artículo. También inventó la formula de una pomada llamada “ungüento de la calle Relator”, que se ha estado vendiendo en la farmacia de la Plaza de la Constitución de Sevilla hasta hace pocos años.

    A su muerte, la ciudad de Sevilla le dedicó una calle y el título de benefactor de la Humanidad. Esta calle se llama en la actualidad “Doctor Palomares García” y se puede encontrar en internet en cualquier callejero de Sevilla.

    Es una autentica pena, que nuestro ilustre paisano, que tiene en Sevilla una calle rotulada a su nombre, aquí sea un autentico desconocido. Creo que sería de justicia que se le reconociera en nuestra ciudad.

    La información de que dispongo es más amplia, pero no quiero ser más extenso en este comentario.

    Nuevamente reitero mi agradecimiento por su artículo, esperando que sea rescatada la figura de nuestro ilustre paisano.

  2. Un protestante agradecido

    Hola Juan Carlos.

    No me he apuntado al curso de Aula Abierta, porque el miércoles me es imposible asistir.

    Quedo a su disposición.

    Un saludo.

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