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Esfinge

Esfinge

Requena ( 10/05/18) La bitácora – JCPG

Era de esperar. Pero ha tardado. Nuestra preocupación por el proceso de despoblación, por el envejecimiento de la población en el mundo rural, esto es, en nuestro mundo, es ahora un asunto de actualidad. No hace muchos días que los aragoneses han salido a la calle para reclamar una atención a Teruel. Conocimos hace años aquel movimiento que nos recordó que Teruel era una realidad existente. Ahora vuelven a la carga. Están cargados, repletos de razones. ¿Y nosotros? Ay, nosotros. Parece que estamos anestesiados. Hay que recordar algunas cuestiones absolutamente reales, aunque resulten molestas. ¿Qué es lo que estamos haciendo para que sucedan estas cosas? ¿Qué es lo que no estamos haciendo?

Lo que tenemos delante de los ojos es lo cutáneo y superficial. La esfinge no invita a profundizar. Ese monstruo alado con cuerpo de león y pechos y cabeza femeninos es una advertencia, un elemento vigilante que parece que nos está produciendo una especie de telón que nos impide entrar en la profundidad de los problemas. Al menos a Edipo, la esfinge sólo le llevó a advertir sus propias deformidad física: era cojo. Bajó la vista y contempló sus piernas. No vio más. No penetró en la raíz de los problemas. Hay mucha gente que piensa que el problema de la tierra vacía, de la despoblación es algo lejano y ajeno. Es curioso que esto sea así. No hay más que darse un garbeo por nuestra tierra. ¡Qué ingenuidad más grande!

Estamos cojos. Está claro. Edipo descubre, gracias a los interrogantes que le plantea la esfinge. Es probable que Edipo nos indique la frágil experiencia del triunfo de una razón inconsciente de sus propios límites. Con el desarrollo del mito, no acabamos de saber de quién ha sido exactamente la victoria, si se trataba de un enfrentamiento o simplemente de un juego.

Edipo ante la Esfinge. Museos Vaticanos. Pensar y reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestro pasado y sobre las posibilidades de futuro. Pero, ¿hay que quedarse con la superficialidad de las cosas? ¿Es preciso entrar en la complejidad de la realidad?

Esfinge de Naxos, siglo VI a. C. Los naxios la habían colocado sobre una columna jónica en Delfos. Como Apolo, en el oráculo de Delfos, no solía precisamente ser muy claro, la esfinge venía a ser una interpretadora y retadora a los mortales. Ni tenemos un oráculo similar al délfico ni una esfinge tamizadora de los vaticinios.

Podemos observar las nubes mientras se forja la tormenta, incluso mientras llueve. Nos deleitamos entonces en la visión de los charcos y los pequeños ríos que se forman en las calles y en nuestros propios campos. Hora de alegría, pues, que mitiga algo la fuerte sequía. Pero no basta con quedarse en observar las heraclitianas nubes. Nos aproximamos peligrosamente al concepto lapón de la España vacía. Lo advirtió Sergio del Molino en un celebrado libro; lo remachó con renglones muy personales Paco Cerdà; y el concepto de Serranía Celtibérica que patrocina el profesor Francisco Burillo lo ha convertido en argamasa unificadora de una subregión española que aspira a superar sus problemas y a construir un futuro menos negro que el que ciertas estadísticas permiten augurar. La Esfinge nos interroga con sus acertijos sobre lo que somos ahora, pero cuando entramos a fondo en las cifras, los datos puros y la contextualización de los mismos, un escalofrío tremendo recorre nuestro cuerpo.

Es catedrático de Prehistoria. Pero ha convertido su especialidad, tan alejada del presente, en una clave de futuro. Francisco Burillo patrocina el proyecto de la Serranía Celtibérica. Quien piense que es algo que nos queda lejos, está muy equivocado. Dénse una vuelta por nuestras aldeas. Contemplen en triste futuro de algunos de nuestros pueblo, sometidos a la tiránica negrura del envejecimiento demográfico.

Es muy curioso el caso de Burillo. Un prehistoriador, un especialista en una época del pasado cuyas relaciones con el presente suelen ser oscurecidas. Nada se dice ya de nuestro pasado prehistórico en las aulas de bachiller.el presentismo es un cáncer absoluto que amenaza las posibilidades del desarrollo del pensamiento histórico de los adolescentes. Para empezar, por tanto, existe en la personalidad de Burillo un asunto que nos atrae sobremanera: ¿en qué medida un prehistoriador resulta útil a su comunidad, a sus vecinos, proyectando su actividad y sus conocimientos con el fin de mejorar el presente y el futuro de la sociedad que vive? Tema de abultado calibre, porque resulta muy novedoso que el estudioso del pasado, y en este caso de un pasado bastante remoto, sea capaz de utilizar este pasado para mejorar presente y futuro.

Tecnología. Urbanización. Periferia. Tres conceptos, quizás bastante polisémicos, pero que marcan la realidad actual, la tragedia de hoy en  nuestra España. La tragedia de este país sur-europeo no es otra que la conversión del mundo rural, de su ruralidad, en una realidad marciana, desconocida para sus compatriotas. Bien lo subrayaron el otro día los aragoneses en Zaragoza: lo más superficial es Cataluña; bajo la epidermis están los problemas profundos del desequilibrio económico y demográfico: despoblación, abandono, desaparición de una trama cultural extraordinariamente rica, etc.

Hubo un tiempo en que los habitantes de las aldeas de esta tierra oficiábamos de guías para aquellos zagales, de nuestra quinta en ocasiones, que regresaban en los veranos y en vacaciones a la aldea. Porfirio aportaba su balón amelonado, porque era de rugby. Por mucho que a Carmen le molestase jugábamos entre la puerta de su casa y la casa de los abuelos de Porfi: el tío Marcos y la entrañable tía Antonia, gentes trabajadas, envejecidas prematuramente pero repletas de cariño. En la ancianidad, el tío Marcos, como tantos, dormía en el poyo de la cas del Utielano; Antonio el Lolo solía bromear con la facilidad de Marcos para dormirse en casi cualquier sitio, incluso en la punta de un sable. Los chicos de la aldea correspondíamos a Porfi con nuestras excursiones en bici, tal vez a jugar a los tiros, cual vaqueros por los barrancos de la rambla. Nos comportábamos como el Silvestre Paradox de don Pío Baroja, es decir,“Silvestre (…) se subía por las tardes a un árbol carcomido de la Taconera, el árbol del Cuco, y allí se figuraba estar en las islas fantásticas y dominios espléndidos ideados por sus autores favoritos”(Pío Baroja: Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, Espasa calpe, 2007). No disponíamos del espléndido parque de la Taconera, pero sí del olmo, de los caminos y de los barrancos, que proporcionaban la deseada dosis de discreción y de geografía propicia a la aventura que deseábamos. Hace tiempo que ya no vienen tantos chavales a la aldea. Aquellos que vienen apenas conocen más allá de las bardas de los corrales.

Se dice con frecuencia que el hombre de hoy ya no cree en los milagros del pasado, mientras que cree en los milagros del futuro. La esfinge oficia aquí de gran acompañante. Siento verdadero interés, curiosidad extrema, por saber los detalles del proyecto que Burillo lleva algunos años impulsando. ¿Qué utilidad tendrá para nosotros? ¿Nuestro pasado, incluso el remoto, puede ser instrumentalizado para planificar un futuro más optimista?

Sospecho que habrá que superar muchos obstáculos. No el más pequeño será la antológica división que caracteriza a esta tierra entre sus dos grandes poblaciones, como mínimo. Un trabajado proceso de desunión que debe hacer sonreír en las Valencias. Carecemos de esfinges; mejor: ¿para qué saber la integridad del futuro?

Más que esfinges, necesitamos soñar como soñaba Silvestre Paradox. Pero para convertir los sueños en realidad, es preciso primero fundar una sólida unidad de nuestra tierra. Temo que la división sea el gran ingrediente de nuestra decadencia.

He aquí una de las obras más significativas de la investigación prehistórica de las últimas décadas en España. Lo mejor de estas indagaciones arqueológicas, textuales, epigráficas, en una obra que, no reconociendo la existencia de un estado celtibérico, sí identifica a un conjunto de pueblos con esta denominación que aparece en los textos clásicos. Celtiberia tuvo su núcleo en el Sistema Ibérico, y ciudades como Segeda y las Contrebias, así como Segóbriga.

En Los Ruices, a 9 de mayo de 2018.

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