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Espejos enterrados

Espejos enterrados

LA BITÁCORA /JCPG

Requena (07/12/17) A veces el cine te trae recuerdos, viejas ensoñaciones que pueblan la mente y que, como tales ensoñaciones, han permanecido esqueléticamente guardadas, como si sólo el archivo mental hubiera seleccionado algunos trazos esenciales. Y es el cine el que me ha llevado hoy a la infancia y a algunas lecciones aprendidas y otras que se quedaron poblando la atmósfera de la aldea.

Se trata de hombres. También de mujeres. Hombre y mujeres de personalidad hecha en inviernos recios, con miseria, estrechez, con mucho tesón y ganas de salir adelante. Los hemos conocido todos. Han sido un elemento fundamental en el paisaje de nuestras aldeas y pueblos. Crecieron en los durísimos tiempos de la postguerra. Trabajaron durísimo y ahí se forjaron sus cuerpos y sus mentes. Era ya una persona mayor y aún salía tempranísimo a vendimiar; el tío Cándido era un hombre alto y delgado, seco, un buen hombre larguirucho que había dedicado toda su vida al trabajo y a sostener su familia. En la puerta de mi casa, lo veía pasar cada mañana para ir a la vendimia, pero a la vendimia de las viñas de su descendencia. Alto y seco, con más de setenta años, se decía que nadie le hacía sombra en la tarea. Llevaba sesenta años en el oficio y todavía conservaba fuerzas para practicar los esforzados trabajos del campo.

La devoción a la caza de estos hombres de antaño era también bastante común. En sus años mozos dedicaban parte del tiempo libre a cazar por los montes y rastrojos. Conocían milimétricamente el territorio, la situación de cada piedra, los recodos de cada barranco, el zorro que habitaba cada zorrera y la liebre que les retaba día a día con su carrera entre las viñas. Alejo era uno de estos hombres. Vivía en el barriete de Los Ruices y compartía jornadas de caza con mi padre. Las conversaciones de los dos en la cochera tratando sobre los conejos del barranco Villarejo o la zorra que actuaba para comérselos desde los Calabachos, son palabras que resuenan en mi memoria todavía, a pesar de los años. Alejo continuó con su pasión por la caza a escopeta, mientras que mi padre la abandonó hace años. Cada palmo de terreno les era conocido. No había zorro en los contornos del que no conocieran sus actividades. No existía madriguera de conejos que no estudiasen de cuando en cuando. No existían afreceaderos que no hubieran visitado, escrutado cada cagarruta para estar al tanto de los nuevos conejos que vivían en la zona.

 

La Rambla de La Cornudilla, bastante más arriba del Lavadero Caliente. En otro tiempo llevaba agua, nunca demasiada, mientras no hubiera un turbión, entonces hasta el puente de Los Ruices se llenaba.

Alejo. Cándido. Gentes de otro tiempo. Gentes provistas de la dureza, la resistencia, la capacidad para el sacrificio que proporciona una experiencia personal en el margen de la vida campesina. Frente a ellos me siento pequeño, insignificante. Andaba yo en lo tiempos en que ellos estaban en sus tiempos de plenitud subiéndome al viejo olmo, el que existía junto a la casa de la tía Marcelina, para soñar con aventuras, con barcos piratas o con aviones que yo mismo pilotaba. Un día, sin embargo, pude contemplar los límites de mis sueños. En algún momento del devenir de la escuela, disponíamos de listones de madera e hicimos unos trabajos manuales. Un poco de cola, una sierra y ya está: un hidroavión; aquellos sueños infantiles para hacer finalmente un triste hidroavión. Ni la pintura con que cubrí aquellas maderas podía engrandecer la pequeñez del hidroavión. Hubo quien pudo construir un caza.

 

El que aquí vemos no es el olmo ancestral, casi mágico, del que hablo. Pero es lo que he encontrado en la red. La enfermedad lo mató y aquella mole de hojas y ramas fue convertida en leña. Una parte de la personalidad de la parte más antigua del pueblo se fue con él.

Los chiquillos del pueblo intentábamos emular a nuestros ancestros o escribir gestas que luego nuestro libro mental ha conservado. Más bien habría que decir que lo intentábamos. Teníamos comida caliente cada día sobre la mesa y durante el verano, además de ir a rozar hierba (seguramente porque no nos querían ver parados), sacábamos tiempo para otras cosas. La anécdota que recuerdo debió tener lugar en la primavera. Nos fuimos a sacar nidos, una afición juvenil de la gente del campo que hoy puede parecer bestial y rechazable. En aquel tiempo era un pasatiempo, ¡y qué pasatiempo! Nos interesaba coger muchos pájaros. Íbamos pertrechados con nuestras jaulas y nos lanzamos con las bicis. Destino: el cementerio. Llenamos las jaulas y nos venimos a la dulce sombra del olmo a contarlos y a contar la hazaña. Bueno, eran tiempos en que no teníamos móviles ni ordenadores.

Nada tenían que ver estos hombres rudos, siempre preparados para un trabajo duro, con lo nuestro. Pero eran un espejo, el espejo al que podían aspirar unos chavales que apenas habían salido de unos cuantos kilómetros a la redonda.

He recordado todas estas cosas a propósito de una película de esas que ya son tan viejas que apenas las ponen en las teles. Viendo la otra tarde esa joya que es Río Bravo, con su John Wayne en un papelazo (¡Joder! Cómo he admirado a Wayne), aparecía un ya anciano WalterBrenan, del que uno de mis hijos apostilló que era el único actor que atesora tres premios óscar.

 

Aquí están los tres protagonistas de la película: Wayne, Brenan y Martin. Dean Martin da vida a un sherif alcohólico del que se mofa medio pueblo y al que el otro medio le compadece. Es una película magnífica de Howard Hawks. El wisky, esa bebida recurrente del western, está en primer plano, es el causante de buena parte de los problemas. Por la bebida, por el mal acechante, que siempre tiene origen humano, se ha perturbado la paz de la pequeña comunidad. Una película enblemática de un cine que reflejaba también un tiempo en el que la sociedad cambiaba a gran velocidad; fijar los principios sociales era importantísmo para no perderlos en el discurrir del tiempo.

Que nadie se moleste, pero Brenan viste como vestían los viejos de la aldea. Como mi propio abuelo, aunque él, fumador impenitente, llevara las camisas agujerareadas por la ceniza del cigarro, para cabreo de mi abuela (“No se puede con él, tiene que fumar hasta el día que se muera”, y casi fue así). Ese Brenan cojitranco encarna la sabia experiencia de los hechos acumulados sobre las espaldas. La experiencia del que ha vivido mucho, y visto todavía más. Y encarna estos valores en una película que exalta los principios de la ley, de la justicia y de la verdad. Principios eternos a los que, desde Platón, se les está dando vueltas, repensando, a veces con intereses inconfesables.

Principios, acciones, que habría que seguir teniendo en cuenta en estos tiempos de liquidez. Aunque sobre esto de la liquidez habría que decir algunas cosillas. Será otro día.

 

En Los Ruices, a 6 de diciembre de 2017.

 

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