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Huéspedes francamente molestos

Huéspedes francamente molestos

Requena(15/12/17) LOS COMBATIVOS REQUENENSES.Víctor Manuel Galán Tendero.

Ya en el Poema de Mío Cid encontramos la diferencia entre el soldado y los paisanos, solucionada en este caso concreto gracias a la sincera y resuelta actitud de una niña de nueve años ante un comprensivo Campeador. Durante demasiado tiempo, siglos, los soldados carecieron de cuarteles al modo contemporáneo donde guarecerse de sus penalidades, que no eran pocas, y la población civil debía atender sus necesidades de transporte, alojamiento y alimentación, a veces en unas condiciones terribles.

Los soldados, mercenarios unos y otros arrancados por la fuerza de sus hogares bajo distintos pretextos, no fueron un modelo de comportamiento educado con sus forzados anfitriones, por mucho que dijeran acatar la autoridad del mismo rey. En el Albacete de mediados del siglo XVI, los vecinos cerraron puertas y aprestaron sus ballestas contra los soldados del César Carlos en marcha hacia el frente mediterráneo. Los militares que se alojaron en varias casas de la Tarragona de 1695, bajo la amenaza francesa, destrozaron puertas y techos de madera para conseguir leña con que hacer fuego. En numerosas ocasiones no solo padeció el patrimonio, sino también la honra, en particular cuando los soldados buscaron yacer con esposas e hijas de honrados vecinos, como los de la Tierra de Campos de 1645, que escaparon a otros lugares para no sufrir aquello. El alcalde de Zalamea no fue el genial producto de la imaginación calderoniana.

Cuando se repartían las boletas de alojamientos, el vecindario pasaba por un calvario, del que los sacerdotes trataban de librarse al igual que los prohombres locales invocando su exención tributaria en aquella sociedad estamental. Cuando las cosas venían mal dadas, los hidalgos acogían a los oficiales y los clérigos tenían derecho a ser compensados por sus alquileres perdidos en caso de poseer a título individual más de una vivienda.

Por supuesto, las cosas empeoraban considerablemente, bastante más, cuando las que entraban en la localidad eran las tropas de un monarca enemigo. Dichosa era la población que escapaba al saqueo, brutal demostración de furia, a cambio de onerosos pagos y condiciones abusivas. El primero de julio de 1706 las fuerzas del rey Carlos III de Austria, el famoso Archiduque Carlos, consiguieron que capitulara Requena tras un asedio que duraba desde el 13 de junio. En teoría, según los partidarios de los Habsburgo en aquella guerra sucesoria, nuestra villa se reintegraba a la obediencia de su legítimo rey por medio de las tropas de Su Majestad. La realidad era que Requena había acatado al rival de don Carlos, Felipe V, y que había sido ocupada por fuerzas mayoritariamente extranjeras.

Tal fue el caso de los 1.500 soldados de Lord Peterborough, el independiente general de Carlos III, que en su marcha hacia Requena tuvieron que lamentar el incendio de su pólvora en Chiva, algo que el borbónico padre Miñana atribuyó a sus abusos etílicos. Pagados con préstamos que el gobierno inglés, aliado del Austria, negociaba a través de Génova, su objetivo era entronizar a Carlos en el díscolo Madrid, villa y corte de la poco favorable Castilla. Aquellos soldados fueron llamados los ingleses por autores como Pedro Domínguez de la Coba, aunque en realidad su composición era variopinta, ya que los regimientos de la monarquía inglesa de la época acogieron bajo sus banderas a hugonotes o protestantes franceses (muy opuestos al autoritarismo de Luis XIV), a mercenarios de los principados afines del Sacro Imperio Romano Germánico, etc.

En distintos lugares, manifestaron su insolencia frente a los naturales que decían proteger. En la ciudad de Tarragona llegaron a desarmar a milicianos locales, humillar alguaciles y robar leña a punta de fusil. Requena no fue una excepción, y tuvo que lamentar severos daños en el Santo Hospital de Pobres, que tuvo que ser más tarde reconstruido, y en el Archivo Municipal. Los soldados ingleses llegaron a poner precio a sus documentos para ser rescatados de una quema segura, lo que forzó a los requenenses a pagar de forma abusiva.

Las tropas de Carlos III de Austria se alojaron en el convento de San Francisco, que entonces no albergaba todavía al Hospital. Su recia construcción, coronada con una emblemática torre concluida en 1667, en la elevación de la loma que había acogido a la ermita de Nuestra Señora de Gracia le daba un singular valor militar. Allí pensaron establecer una ciudadela, con sus instalaciones hospitalarias, los napoleónicos casi cien más tarde, y allí se alojó la tropa inglesa, con todos los que les seguían. Las soldaderas o prostitutas eran muy familiares en los ejércitos de la época, y en los tercios de Flandes llegaron a estar jerárquicamente organizadas, con sus capitanas y simples peripatéticas. A diferencia de los napoleónicos, los del Austria coexistieron con los enojados franciscanos, que con aborrecimiento descrito en la obra atribuida a Domínguez de la Coba contemplaron las escenas amatorias entre los soldados y sus amigas, en unas escenas dignas de los encendidos encuentros sexuales en el Berlín de 1945 a punto de caer en manos soviéticas.

La azarosa vida amoral de los soldados no gustó ni fue comprendida por los ordenados varones de la Contrarreforma, acostumbrados a otro respeto, y sirvió para añadir leña al fuego del descontento anti-Habsburgo, redondeado con relatos de sacrilegios aireados por la publicística borbónica. Peterborough, que también pasó por San Francisco de Requena, escuchó las quejas y a ello se limitó. Como general avezado tuvo que escuchar muchas de ese estilo. Tras la batalla de Almansa, la causa de Carlos III de Austria se perdió definitivamente en Requena, pero sus naturales vivirían más tarde circunstancias similares, las de los molestos huéspedes armados de irascible carácter.

Fuentes.

DOMÍNGUEZ DE LA COBA, Pedro (atribuible), Antigüedad i cosas memorables de la villa de Requena; escritas y recogidas por un vecino apassionado y amante de ella. Edición a cargo de C. Jordá y J. C. Pérez García, Requena, 2008.

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