Jueves , 14 diciembre 2017
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Civilización y Barbarie

LA BITÁCORA DE BRAUDEL. JUAN CARLOS PÉREZ GARCÍA

Hoy existe un ingrediente nuevo, diferente, que amenaza con disolver una de las grandes conquistas humanas. Lo que está en peligro es la civilización, nuestra civilización, es decir, una manera de entender la vida, dotada de unos principios de respeto, protección global al desvalido, el esfuerzo cotidiano que permite modelarse un futuro, la cultura al alcance de todos los ciudadanos y elección libre de los gobernantes. La barbarie está al acecho.

Hace tiempo que somos víctimas de una pedagogía destructiva, hueca pero lo suficientemente nociva como para que su onda expansiva no deje títere sin cabeza. Quizás vivimos en medio de una dialéctica entre civilización y barbarie sin que apenas nos demos cuenta. En las calles, en nuestras casas y en las aulas. El viejo principio del esfuerzo como clave para conseguir algo parece en desuso; de nada sirve que fuera cantado por san Agustín y elogiado por el mismo Lenin. El sistema educativo lleva años roto; algunos parece que acaban de darse cuenta de ello. No son las bajadas de sueldo a los profesores; ni siquiera los recortes en medios tecnológicos; son las filosofías globales que desprenden las leyes educativas, el tufillo absurdo, exclusivamente dirigido a crear seres competentes a disposición de un sistema económico que se comporta como un gran monstruo marino que todo lo engulle. La barbarie también está instalada en la misma cúpula de lo que llamamos educación. La barbarie es el chaval sin seso que carece del más mínimo interés por aprender; barbarie es el responsable educativo capaz de exigir el cumplimiento de un programa inmenso en un trimestre y cosas por el estilo.

No es fácil luchar contra la barbarie. Estoy releyendo algunos viejos libros. Kipling, el de “Kim”, con esa fantástica historia que nos conduce de inmediato a la película de Alexander Korda tanto como a las fabulosas descripciones del paisaje de una India británica espectacular; quizás pocos escritores han sido capaces de realizar descripciones de este calibre. Releo también a Conrad en su “El corazón de las tiniebas”, que puede conducir cualquiera al más absoluto de los pesimismos. En el libro de Conrad la barbarie acaba siendo señora del mundo; una barbarie destructora (¿la hubo en alguna ocasión constructora?) que aniquila todo a su paso en el viejo Congo dirigido por los belgas del rey Leopoldo II. Es un libro sumamente complejo; es también un río que no para de fluir, con comentarios, reseñas, esparcidos por casi todas partes. Quizás no se acabe nunca de analizar, como las grandes obras geniales del arte.

Las catacumbas del ser humano; este es el tema de Conrad, el tema de todos. ¿Conocemos lo que anida en los subterráneos de cada uno de nosotros? Vivimos tiempos confusos. Un viejo amigo me dice que confusión también existió en otros períodos de la historia, y esto no impidió la salida a flote de grandes genios del arte, la literatura o la ciencia. Es cierto.

Pero hoy existe un ingrediente nuevo, diferente, que amenaza con disolver una de las grandes conquistas humanas. Lo que está en peligro es la civilización, nuestra civilización, es decir, una manera de entender la vida, dotada de unos principios de respeto, protección global al desvalido, el esfuerzo cotidiano que permite modelarse un futuro, la cultura al alcance de todos los ciudadanos y elección libre de los gobernantes. La barbarie está al acecho.

¿Una vieja historia medieval sobre el bien y el mal? Parece, expresado así, el regreso al viejo dualismo religioso que anida en el fondo de la cultura mediterránea. La oposición de contrarios nos rodea. Dios y el diablo (lo pongo con minúscula porque no me gusta nada); lo viejo y lo nuevo; el pasado y el presente; el viejo mito valenciano de Fuster (Joan, para más señas, exaltador de lo valenciano como esencialmente catalán; aunque con grandísimos problemas con la verdad, aunque siga siendo inexplicablemente adorado en los cenáculos universitarios) y el castellanismo, siempre dotado –según su punto de vista- de tonos sombríos y arcaicos (¡cuánto debe Fuster a las teorías racistas europeas!); la pedagogía antigua y los movimientos renovadores de la educación; la monarquía frente a la república. Siempre dando vueltas a los dualismos, como una máquina eternamente en movimiento.

Las aulas reflejan la confusión social. Dos alumnos; un mismo proyecto. Un único resultado: el traicionero ordenador ha hecho desaparecer el esfuerzo de estos dos elementos. Los susodichos no tienen nada de Joseph Conrad, no valen para protagonizar ni un mini-relato; sí para entrar en un artículo de prensa como éste. Tras una semana de pesquisas, el resultado es la nada. La maldita informática ha dado al traste con todo. En la novela de Conrad, Marlow acaba mintiendo a la novia de Kurtz para decirle que sus últimas palabras estuvieron dedicadas a ella. Una mentira piadosa desde luego; al menos para evitarle oír la palabra “horror” pronunciada por su prometido.

Horror no es la palabra. Los dos alumnos salen los últimos de la clase; me interpongo en el paso; cierro la puerta; hora de sermón. Les digo que son un par de sinvergüenzas, un par de ladrones que están robando a los ciudadanos con su gandulería y su desgana; pero que están robando a sus propios padres, dinero y esperanzas (¿les quedarán algunas?). A veces tales comentarios funcionan; no estoy seguro que con éstos lo haga. Me pongo dramático, echo mano de palabras grandilocuentes, pero correctas y adecuadas. Uno de ellos trata de justificarse, algo de sudor sale en su frente. El otro ni siquiera se ha enrojecido.

El sistema educativo hace tiempo que está roto; mucho antes que este gobierno ascendiera al poder; pero ahora camina hacia la descomposición total. Un compañero profesor, más inteligente y realista que el que les escribe estos párrafos, me apunta que es mejor desistir; es un objetivo imposible, dice, carecen de cualquier motivación por el aprendizaje; es mejor que no te cabrees, les pones un suspenso y a otra cosa; estos chicos no tienen remedio. ¿Estamos creando generaciones de bárbaros incapaces de esforzarse, tener motivaciones propias fundadas en la superación y el crecimiento del ser humano?

¿Está todo perdido? Por suerte, la mayoría de nuestros chavales atesora aún el principio de honestidad básico necesario para no dejarse llevar por la dinámica de la barbarie. Son la gran esperanza de todos los ciudadanos. Son aquellos Miqueles o Anas que, atraídos por la explicación del día anterior, han consultado el gran oráculo de Internet y te preguntan intrigados por la conquista romana o los inquisidores españoles. Hoy todavía perciben en las explicaciones de su profesor acerca de la belleza intrínseca de “La Celestina” o la explícita de la Cartuja de Miraflores; en torno a la aventura de “Lord Jim” o la gracia de los tebeos de Asterix y Obelix; algo de incomprensible y alejado de la atrayente superficialidad de la cultura de los adolescentes; no ven sino las aficiones extrañas de un profesor. Pero son ellos los que quizás mañana intenten por sí mismos comprobar lo que oyeron decir a sus profesores. Será el momento del descubrimiento.

 

 

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