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La culpa de la historia

La culpa de la historia

Requena (19/04/18) La bitácora- JCPG

Se trata de un fenómeno que lleva actuando hace ya bastantes años. Un revisionismo histórico que pone en tela de juicio todo, o casi todo. Hay que decir que la historia no ha sido precisamente uno de los saberes menos proclives a la manipulación política o de intereses de diferente cariz. Ejemplos tenemos muchos, desde la descarada y maniquea instrumentalización que el franquismo hizo de la España de los Reyes Católicos hasta los artilugios edificados por paniaguados historiadores sobre la historia de Cataluña.

Nos gusta pensar que los políticos son taimados, retorcidos, quizás malos, pero inteligentes. Es falso. No hay inteligencia política. Y si la hay, está en manos del azar. No sabemos crearla cuando no la tenemos ni transmitirla cuando parece que la tenemos. Y es en este aspecto del callejero en que se percibe el efecto devastador que en el entendimiento poseen ciertos artilugios ideológico-políticos. Dicho sea de paso, la democracia, el sistema menos malo existente sobre este planeta, es necesaria y deseable … siempre que no esperemos mucho de  mucho de ella. De hecho es la constatación de que, a falta de inteligencia política, necesitamos recurrir a las mayorías.

Sin embargo, lo novedoso, lo que hoy nos llama la atención es el proceso de reinvención de la realidad espacial mediante el cambio en el callejero. Esto nos afecta a todos y, para empezar a mí mismo. Mi ignorancia en este caso que les voy a contar era total. Viví durante años en la plaza del líder carlista que murió en el sitio de Bilbao cuando las tropas isabelinas levantaban el asedio. Cuando llegué a esa plaza, pensé que, por fin, en alguna sección de nuestra historia habíamos operado un proceso de asunción y reconciliación que nos hacía disponer de una plaza para un destacado dirigente carlista. La sorpresa vino hace unos meses al comprobar que el carlista que me acogía en su plaza era en realidad un franquista de la postguerra. Sorpresa tenemos. Hay cambio nominal de la plaza. He confesado aquí mi ignorancia, pero no creo muchos de mis convecinos supieran algo más que yo.

Es un proceso sano. Adecuado a un país que vivió una guerra civil desgarradora y una dictadura terrible, cambiante, durante casi cuarenta años. Nada que objetar. El problema es el límite. Este proceso de redefinición del espacio bajo la consigna de la “memoria democrática” no tiene límites. El océano de la memoria no tiene costas a las que agarrarse. Por eso es memoria, es decir, es parcial.

Un ajuste de cuentas con las versiones ideologizadas y contaminadas excesivamente desde la izquierda. Fidelidad a los hechos; justeza interpretativa.

Albert Camus, que no era precisamente un fanático, renunció a la revolución precisamente por ser consciente de que los cambios radicales sólo pueden realizarse a costa de sangre. Por estos principios acabó enemistándose con Sartre, precisamente porque el totalitarismo revolucionario conducía a la simplificación de los problemas y a la división y polarización de la sociedad. Camus pensaba que la democracia era el sistema menos ofensivo. Un gigante como Camus tenía que chocar con las ideas totalitarias, en el fondo reaccionarias, de Sartre. Da la impresión que las medidas de revisión y cambio del callejero nacen de la impotencia: la incapacidad de los gobiernos progresistas por transformar la sociedad y, en última instancia, hacen encallar a sus barcos en las cómodas playas de las reformas cosméticas. Sacrificar el discurso transformador a los cambios superficiales, vista la incapacidad para desarrollar cambios más profundos.

Esto explica los desmanes de la Barcelona actual. Dudas sobre la permanencia de Colón en el puerto. Retirada de la estatua del marqués de Comillas. Cambio de nombre de la calle del almirante Cervera. Nada que decir contra el hecho de que se le de la calle a Pepe Rubianes, pero ¿no hay aquí una indefinición de límites? Este país está enfermo de historia.

El simple reflejo de las devastaciones neuronales unidas al resentimiento como única brújula son los factores que explican acciones tan absurdas. Habría que quitar las calles y avenidas de Alfonso X, por medieval, por feudal, por amparar la explotación del campesinado por la nobleza y el clero parásitos. Despojar el callejero de nombres como los de cualquier general sería, pues, una cuestión de sanidad pública, porque el oficio de las armas, aunque se haya ejercido para defender a una sociedad no lo merece. Cervera luchó contra el cantonalismo, que, por lo visto, fue un elemento benéfico, según la interpretación de quienes le han quitado del callejero barcelonés. Mejor no acordarse de ciertos episodios sangrientos, sin duda protagonizados por el capitalismo depredador y no por individuos ambiciosos y sedientos de poder y riqueza en aquellos años de la Primera República.

El almirante Cervera dirigió la flota en los tiempos del desastre cubano de 1898. Su pasado naval anti-cantonalista le ha hecho caer de las paredes barcelonesas.

Dejemos las absurdas ironías, porque además no se me dan bien. Pero ¿no habría que reflexionar sobre todo esto? Julio César no fue un santo. Colón es para muchos un auténtico genocida, aunque salven a los aztecas, por lo visto auténticas hermanitas de la caridad aunque la historia diga lo contrario.

La verdad en cuestiones de la política, de hoy y de antes, es cosa compleja y a veces hasta oscura. Decía Gracián, en pleno siglo XVII:

“Llenarse ha el mundo de verdades y después buscarán quien le habite: digoos que se vendrá a despoblar. (…). No habrá quien viva, ni el caballero, ni el oficial, ni el mercader, ni el amo, ni el criado: en diciendo verdad, nadie podrá vivir (…). Bien pueden cerrar los palacios y alquilar los alcázares; no quedarán cortes ni cortijos. Con tantica verdad hay hombre que se ahíta, y no es posible digerirla: ¿qué hará con un hartazgo de verdades?”

Baltasar Gracián: El Criticón. Madrid: Austral, con Introducción de Hidalgo-Serna, p. 322.

La memoria no debe ser destruida. Es un pilar fundamental de la sociedad democrática. Primo Levi, aquel ingeniero italiano conducido por los nazis a Auschwitz, ya temió que la memoria fuera aniquilada por el presente absoluto. La historia no es una construcción total, una pura representación en el seno de la cual los hechos son precisamente elementos secundarios. La guerra civil tuvo lugar, también la represión y la durísima post-guerra, así como toda la extensión cronológica de la dictadura. 40 años con Franco, con permiso de Julián Casanova. Pero, en otros casos, más alejados en el tiempo, ¿no estamos observando el transcurso de la historia con lentes actuales?

Una de las últimas visiones del conflicto, con una perspectiva ponderada y realista, alejada de cualquier veleidad y comprometida con el ejercicio de la verdad histórica.

 

Quizás no tarde mucho a tocarle a Colón. Para el indigenismo actual, un genocida sin escrúpulos.

Naturalmente, es inadmisible un callejero con gente del franquismo, al menos del de primera línea. Porque, de hecho, hay quejas sobre la decisión de quitar el nombre a colegios y calles rotulados con el de Villar Palasí. Y las quejas también proceden de gente de izquierda, aunque, claro, quienes realizan el despojo, dicen que son izquierdistas aburguesados y derechizados.

Las ruinas aztecas de Teotihuacán son los restos de la antiquísima civilización asumida después en la globalización hispánica de la época moderna. Un mundo exaltado por el indigenismo y elevado a los altares sin reparar en “ciertos defectos”, como dijo un determinado industrial alemán apropósito de su colaboración con los nazis al responder a una pregunta de los jueces de Nuremberg. La culpa colonial está haciendo verdaderos estragos.

En el fondo, la culpa es de la historia. Es tan tozuda que sigue siendo la misma, aunque se la manipule. Esta culpa histórica seguirá estando presente, porque la mentira, la crueldad, el rencor tanto como la verdad, la bondad y la capacidad para pasar página son atributos de cualquier ser humano. A fin de cuentas, todas las sociedades, han reescrito su historia, incluso han ido re-rotulando su callejero. Nada nuevo, pues.

En Los Ruices, a 18 de abril de 2018.

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