Sábado , 30 agosto 2014
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Cuando el monte se quema

Cuando el monte se quema

LA HISTORIA EN PÍLDORAS. IGNACIO LATORRE ZACARÉS

¿Por qué se queman los montes? Según las estadísticas oficiales una proporción importante de los incendios forestales son causados por la mano del hombre ya sea voluntaria o involuntariamente.

Desde lo principios de la agricultura, el fuego ha sido un aliado del hombre. En el cultivo de campos, el fuego se ha utilizado como elemento estratégico regenerador de tierras…

Sabido es que en nuestras “píldoras” solemos combinar información del presente con la histórica para ver las diferentes perspectivas que nos puede ofrecer un mismo asunto. Hoy me levanto con la mala noticia que tras sofocar el importante incendio de Benagéber, otro nuevo fuego se ha iniciado entre Chiva y Buñol. Quizás de las catástrofes peores medioambientales sean los incendios. La imagen que nos ofrece un bosque tras un incendio es patética, desoladora; la metáfora más parecida a la muerte. El ecosistema queda dañado quizás para siempre o necesita muchos años de regeneración; la vida animal y vegetal desaparece y el paisaje pasa del verde vital al negro pesimista. Este verano las condiciones climáticas parecen muy favorables a la propagación de incendios: sequía voraz, altas temperaturas, vientos de poniente…

¿Por qué se queman los montes? Según las estadísticas oficiales una proporción importante de los incendios forestales son causados por la mano del hombre ya sea voluntaria o involuntariamente. No nos adentraremos en las torcidas y oscuras razones actuales por las cuales una persona pega fuego a un bien común (no es objeto de esta columna analizar el presente), pero sí podemos razonar sobre las causas históricas que hicieron que nuestra Meseta de Requena-Utiel fuera un territorio propicio al fuego.

Desde lo principios de la agricultura, el fuego ha sido un aliado del hombre. En el cultivo de campos, el fuego se ha utilizado como elemento estratégico regenerador de tierras. Se quemaban aquellas zonas montuosas y abandonadas al cultivo que se iban a preparar para su roturación. De esta forma, la tierra ganaba el beneficio de la ceniza, abono tradicional que hacía mucho más fructíferas los terrenos de secano. La artiga era el “arrompido”•de un terreno con el fin de laborizarlo tras una tarea previa de quema de monte bajo y árboles. El propio Catastro del Marqués de la Ensenada (1752) nos explica esta práctica:

“la experiencia les ha manifestado que para reducir á la labor las dichas tierras yermas que son de vecinos particulares, es preciso cortar los pinos, y demás árboles bajos, y quemando todo para con el calor del fuego y beneficio de la ceniza, lleven algún fruto por tres años.”

Ya las primeras actas del Concejo de Requena que se conservan revelan una preocupación por los fuegos que realizaban los vecinos y así en 1522 y 1527 se acuerda prohibir la realización de fuego en los términos bajo las penas previstas en el Fuero. En 1528, debido al daño que el fuego estaba causando a las fuentes requenenses, se delimita un perímetro alrededor de la Villa donde no se podía hacer fuego y se advierte que en el resto del término no se podrá hacer fuego sin licencia.

Pero, una Real Provisión de 1684 aludía a la libertad de los labradores para realizar la quema en sus heredades sin necesidad de licencia:

“no impidáis, ni embaracéis…a los vecinos labradores de esa dicha Villa, la corte, desmonte y quema en sus mismas heredades de todos y qualesquiera géneros de árboles que en ellas naciesen y se criasen”.

Los labradores y, sobre todo, propietarios requenenses defendieron a capa y espada la libertad de quema basándose en dos argumentos: El privilegio y costumbre inmemorial de los vecinos que alegan poseer por derecho (incluso aluden, sin razón, a la Carta Puebla de 1257) y a la necesidad ineludible para el beneficio de la agricultura de la quema que posibilitaba la roturación y abono de la tierra:

“que de no poderse hacer dicha corta, roza, desmonte y quema quedarían infructíferas las tierras con gravísimo perjuicio de sus dueños, de nuestras rentas reales y decimales y de la causa pública”.

El gran conflicto surge a mediados del s. XVIII por el asunto de las quemas cuando los hacendados y labradores requenenses se quejan de que el Corregidor y el Guarda de Campos estaban obstaculizando notablemente la costumbre de roza y quema.

¿Qué intereses subsistían detrás de esta defensa del derecho de quema? La agudización del conflicto entre 1755 y 1773 nos descubrirá la utilidad oculta que se le estaba dando a la costumbre de la quema agrícola. Francisco García Cepeda, guardia de campos y verdadero héroe requenense del que hablaremos en otra ocasión, denuncia que tras el uso abusivo de quemas se estaba enmascarando una verdadera usurpación de las tierras del ayuntamiento y comunales. El Guardia de Campos calcula que las detentaciones y usurpaciones sobrepasaban los 320.000 almudes (unas 100.000 hectáreas de terrenos públicos). En varios informes de García de Cepeda de 1769 llega a calcular entre 10 y 12 millones los pinos quemados (¡Qué barbaridad!). Esto se unía a los 3 millones de pinos quemados en 1763.

¿Quiénes estaban detrás de la defensa del derecho de quema? Las diferentes peticiones estaban firmadas por los grandes nombres de la oligarquía y hacendados locales junto con labradores ya de cierta importancia: Alonso Valentín Ferrer de Plegamans, el Conde de Torrellano, Moral de la Torre, Tenreiro Montenegro (antiguo Corregidor), Enríquez de Navarra, Ruiz Alfaro, Los “Pedrón”, Los “La Cárcel”… Se quemaban las vertientes de sus terrenos (que solían ser de monte público) y después como tenían medios para ello las laborizaban y se la apropiaban.

Consecuencia de toda esta actividad de Agnicultura del s. XVIII: Requena se quedó prácticamente sin montes públicos y la descripción que nos da el cura Cantero del monte requenense en 1787 es tétrica:

“Sus montes estaban muy poblados de pinos carrascos y monte bajo de romero, aliaga, sabina, enebro y mata rubia, pero se ha consumido mucho con los incendios, descuajos, razas y artigas que han hecho los labradores, para cultivar tierras nuevas, laborizando mucho terreno”.

Pero la oligarquía nunca admitió que los incendios eran producto de la táctica maliciosa de los hacendados que aprovechaban el derecho de quema para usurpar terrenos y culpa de estos incendios a:

“pastores, leñadores y cazadores que respectivamente encienden fuego en los montes para guiar la comida y otros fines, sin preocupación alguna y se la dexan sin apagar”.

Es decir, “a pagar poca ropa”. ¡Si las cosas no han cambiado tanto!.

 

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