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La lucrativa redención de cautivos

La lucrativa redención de cautivos

Requena (16/10/17)

LOS COMBATIVOS REQUENENSES / Víctor Manuel Galán Tendero.

La guerra se envuelve en grandes ilusiones y engendra mayores frustraciones. Los soldados que la víspera se piensan próximos a alcanzar una victoria pueden caer en el campo de batalla o al menos en el cautiverio. En 1929 se firmó el Convenio de Ginebra acerca del trato a los prisioneros de guerra, que no evitó enormes atrocidades durante la II Guerra Mundial.

La Edad Media, que a ciertos niveles todavía no ha conseguido desembarazarse de su mala fama, no siempre fue tan brutal como las tropas japonesas que acometieron la conquista de Asia entre 1931 y 1942. Las huestes medievales hicieron a veces cautivos para obtener un rescate por ellos. Los ricos hombres y caballeros acaudalados esquivaban su degollamiento en el mismo campo por tal motivo. Durante la guerra de los Cien Años, franceses e ingleses practicaron con denuedo el apresamiento de tales cautivos.

En la península Ibérica, los poderes musulmanes y cristianos siguieron los mismos usos. Atalaya de la frontera castellana con la Corona de Aragón, Requena fue un punto de negociación de cautivos en el siglo XIV.

El magnate don Pedro de Jérica, enfrentado con el aragonés Pedro IV, recibió la ayuda castellana de forma más o menos abierta. Varios requenenses participaron en sus campañas valencianas, en busca de botín y de cautivos a redimir.

El 19 de febrero de 1336, desde la ciudad de Valencia, el monarca de Aragón ofreció su salvoconducto al habitante de Requena Simón Rodríguez para que fuera a Siete Aguas y Buñol para tratar sobre la redención del escribano aragonés Bertrán de Vallo, cautivo en la misma Requena por la acción de don Pedro de Jérica.

Otros particulares también pudieron acogerse a este tipo de salvoconductos si pretendían negociar la redención de cautivos, una circunstancia que se dio a conocer al infante don Jaime de Urgel, el procurador general de Pedro IV en el reino de Valencia, y al infante don Juan Manuel, además de a todos los alcaides y oficiales. Hacer prisioneros era algo muy lucrativo.

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  • Fuentes. ARCHIVO DE LA CORONA DE ARAGÓN, Real Cancillería, Registro 861 (f. 162v).

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