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¿Quién entierra al enterrador?

LA HISTORIA EN PÍLDORAS /Ignacio Latorre Zacarés

Esta última “píldora” de la temporada la tenía reservada a unos interesantes plenos municipales de 1933 monopolizados por el problema del precio de la uva que los de siempre estaban intentando dejar a la mínima expresión, ahogando al pobre productor (¿les suena?). Pero, hoy, que escribo estas líneas frente al mar, fuera de mi refugio mesetario particular, medito (actividad no muy habitual en quien escribe estas líneas) y me pregunto ¿por qué amargar a mis escasos, pero amables lectores y a uno mismo? Así que cambio de tercio y me dirijo hacia unas curiosas actas que encontré por casualidad el otro día. Buscaba “churras” y me surgieron “merinas”, que es lo habitual cuando se busca un dato.

Ya saben de mi predilección por determinados personajes como los sepultureros a los que dediqué ya en su día una píldora denominada “Los sepultureros burlones” (http://requena.revistalocal.es/la-historia-en-pildoras-los-sepultureros-burlones/). Los enterradores han sido tradicionalmente gente algo especial, pues determinados oficios marcan a la persona (recuerden la película “El verdugo” de Luis García Berlanga y el guionista Azcona). En la píldora citada les hablé de aquellos sepultureros requenenses que fueron apercibidos porque en medio de una terrible epidemia de cólera, mientras cada noche soterraban entre 25 y 50 vecinos, se burlaban de los finados. ¿Mecanismo psicológico de defensa ante la adversidad o costumbre del oficio? Yo aún recuerdo cuando una abuela mía ya muy mayor junto con sus longevas amigas se partían de risa ante las anécdotas de alguna congénere que les acababa de preceder en el destino que a todos llega. También les hablé del enterrador de Venta del Moro de los años 80 que en los días de asueto paseaba por la población con un enorme magnetófono que emitía sin parar y a todo volumen pasodobles y canciones de Manolo Escobar.

El de enterrador es un oficio más, pero con algunas particularidades. Una de ellas quedó manifiesta en 1896. El azorado alcalde requenense del momento en un pleno hace saber que el sepulturero había muerto “repentinamente” (así en el acta), es decir, sin avisarlo. No es obligatorio comunicar que te vas a morir, pero es una faena cuando uno es el enterrador, porque surge inmediatamente el problema: ¿Quién entierra al enterrador? El pobre Juan Simón de la canción tuvo que enterrar a su propia hija como bien decía la letra:

“La enterraron por la tarde

a la hija de Juan Simón

y era Simón en el pueblo

el único enterrador.

El mismo a su propia hija

al cementerio llevó

y el mismo cavó la fosa

murmurando una oración”.

A lo que vamos, el alcalde manifestó que el de enterrador era literalmente “un destino que no permitía permanecer vacante ni aún pocas horas” (¡claro, tenían el fiambre calentito!). Así el edil había nombrado inmediatamente de forma interina como enterrador al ayudante del sepulturero recién fallecido con el fin de que procediera en tiempo y forma. Más tarde ya harían la convocatoria necesaria de plaza y demás gestiones, pero “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

Algo rarillo era también uno de los ayudantes de sepulturero que tuvo el consistorio. En concreto, éste tenía la rara costumbre de entrar al curro saltando la tapia del cementerio. Estarán conmigo que es una forma extraña de entrar al trabajo poseyendo el cementerio de Requena una hermosa y amplia puerta. El acta no llega a aclarar si se trataba de un exceso de celo y amor al trabajo a deshoras o una costumbre como otra cualquiera. Lo cierto es que esta curiosa actitud del auxiliar del enterrador no era del gusto de los munícipes y decidieron indagar sobre el asunto. En el pleno siguiente se informó de que además de saltar la tapia en repetidas ocasiones (¿se preparaba para alguna competición de saltos de obstáculos?), abandonaba el cargo con frecuencia y sin encomendarse a nadie. Resolución: de patitas a la calle.

El tema de los cementerios y enterradores da para mucho, aunque en Requena, de momento, aún no se ha promulgado ninguna ordenanza prohibiendo morirse a los vecinos como en un pueblo italiano de Nápoles que se quedaron sin cementerio por un deslinde y el alcalde mandó que no feneciera ningún parroquiano (dos ingratos incumplieron la normativa). Lo cierto es, que aún en la actualidad, en mi pueblo, cuando se asoma por el bar a tomar un cortado el de la funeraria de Utiel, los tertulianos nos miramos con resquemor pues es una señal cierta de que un vecino ha caído en desgracia. Como bien decía Julio Camba “todas las pompas son fúnebres”.

Caros lectores, disfruten del verano lo mejor que puedan que ya son sabedores de que de aquí nadie sale con vida (ni los propios sepultureros). Carpe diem pues.

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2 Comentarios

  1. Excelente, Nacho, excelente. Además dan el pésame mejor que nadie.

  2. Buena noticia, Nacho. Los funerales y entierros dan mucho de sí, pues permitea a algunos vivir a costa de ellos.

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