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La búsqueda de la Justicia, con mayúsculas

LA BITÁCORA DE BRAUDEL. REPENSAR NUESTRA HISTORIA. JUAN CARLOS PÉREZ GCÍA

Nos educamos en la idea de que los seres humanos describen un constante progreso, una marcha constante hacia adelante. Hoy sabemos que esto no es cierto. Lo subraya el maestro J.Fontana en El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de principios del siglo XXI ( ed. Pasado y Presente).A pesar del paro, de los recortes, de las privatizaciones del sector público, del retroceso de derechos, es posible afirmar que los poderosos ya duermen tranquilos, porque las masas no se rebelan

Juan Carlos Pérez García. En Los Ruices, a 4 de marzo de 2013.

Nos educamos en la idea de que los seres humanos describen un constante progreso, una marcha constante hacia adelante. Hoy sabemos que esto no es cierto. Lo subraya el maestro J.Fontana en El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de principios del siglo XXI ( ed. Pasado y Presente). A pesar del paro, de los recortes, de las privatizaciones del sector público, del retroceso de derechos, es posible afirmar que los poderosos ya duermen tranquilos, porque las masas no se rebelan, permanecen quietas y relativamente adormecidas. ¿Ha visto España pasar a mejor vida la era de las grandes convulsiones sociales? Cada día existe una fuerte contestación social, las manifestaciones se suceden; es cierto que el desánimo, el hartazgo y la impugnación de la política son crecientes.

Los seres humanos buscamos intensamente un marco de relaciones estable y justo. Por más que lo pienso, la vieja idea de Bakunin y Kropotkin, aquella que les llevó en la segunda mitad del siglo XIX a romper el emergente movimiento obrero internacional, fundado en el rechazo al Estado y a la propiedad privada, me parece la utopía de las utopías. Ni siquiera el intento de construir la utopía anarquista en la Ucrania independiente de Makhno, a lo largo de los años 1920, fue posible; no sólo por las dificultades inherentes a un proyecto tan complejo, sino porque rápidamente chocó con su gran enemigo: el comunismo. Fue la URSS la que acabó sepultando el proyecto y engullendo a la naciente Ucrania.

Incluso en España prendió el anarquismo, demostrando su potencial con la fuerte presencia social de CNT en los años de entreguerras. Pero España posee perfiles diferentes (sólo hasta cierto punto) en lo que se refiere al tema de la justicia y la ley que rige la sociedad. A lo largo de la Edad Media, los españoles se volcaron en las reclamaciones judiciales. Los tribunales desempeñaron un papel fundamental y lo siguieron desempeñando durante los siglos modernos. La identidad hispánica debe tanto a la Justicia, así, con mayúsculas, como a los perfiles de una cultura compartida. ¿Será inadecuado volver a mencionar aquí el papel esencial de los jueces reales en la definición de la personalidad de nuestra Meseta?

En el acto IV de La Celestina, el monólogo de Celestina, mientras se dirige a casa de Pleberio, expresa la inquietud de la vieja a caer en manos de la justicia por su amplia dedicación a la hechicería y la alcahuetería. Celestina, cuyo objetivo es seducir a Melibea para Calisto, sabe bien de la dureza de la justicia del brazo secular como de la del Santo Oficio.

En Los Ruices se utilizaba el término “alcahueta” en el sentido de cotilla y persona dada al chismorreo. A diferencia de Celestina, los guachos del pueblo no percibíamos esta Justicia, salvo en la amenaza, que es un mecanismo de transmisión cultural de espectaculares resultados. Durante el verano, en los tiempos en que en la aldea no teníamos piscina, los chavales nos dedicábamos a peinar una y otra vez la contornada. Una tarde era ir a comer cerezas al cerezo del tío Paulino; otra, coger algún melón en el huerto de fulano; y la siguiente simplemente bañarnos en algún charco. ¿En un charco? Sí; la piscina estaba entonces reservada a los de Utiel y los de Requena. Faltaban años para que las piscinas llegaran a las aldeas. Durante aquellas correrías, alguien ponía un ojo sobre nosotros y más tarde llegaban los reniegos: “Te voy a arrear una sarmentina en las orejas si vuelves por el huerto de …”; “Me ha dicho Rafael que va a hablar con los Civiles”. Amenazas; no tenían sustancia, pero nos reprimían. Algunos, no todos, teníamos tanto miedo a los guardias como a la sarmentina. La costumbre campesina, que obra como ley a todos los efectos, impide tomar lo que otro cultiva y cuida. Algunos recordarán el robo de cuévanos enteros de uva junto a la carretera. La ley común, no escrita, dice que te puedes comer una gancha, incluso una uva, pero no más de lo necesario para saciarse o probar un manjar. Estas ancestrales normas campesinas jamás han sido escritas. Han gozado del respeto comunitario.

Pero, ¿qué ocurría si quienes podían cometer alguna infracción no pertenecían a la comunidad rural? Las comunidades de la Meseta de Requena y Utiel se afanaron por escribir sus normas, sus límites, sus penas a los infractores. Entrar con ganado en terrenos no autorizados, aprovechar el agua de otro sin la pertinente autorización, eran elementos que estaban perfectamente tasados por la ley. El historiador utielano José Luis Martínez ha documentado magistralmente el proceso de definición interna de las comunidades de Utiel y Requena. Los dos colosos urbanos de la comarca se enfrentaron durante siglos, desde época medieval, por el control y aprovechamiento de los recursos naturales, especialmente por los pastos y el agua. Es un libro que conviene leer y tener presente para consultarlo de vez en cuando. Se titula “Desavenencias y concordias entre las villas de Utiel y Requena (siglos XIV-XVIII)”.

Es fácil que las gentes de este siglo XXI, al menos las de este primer mundo (casi podría decirse que el único en que merece la pena vivir), influenciadas por la apolillada idea del progreso, cuyo origen está en el pensamiento ilustrado dieciochesco, se imaginen un mundo de extrema injusticia, de violencia, saqueo constante y humillación sin fin de los poderosos a las gentes del pueblo, por ejemplo hace 100 años o más. Ciertamente la injusticia existía y existían ataques, saqueos y humillaciones. Pero existían también normas que pretendían instaurar la justicia.

Como resultado de la profunda crisis de 1873, probablemente la primera crisis industrial del capitalismo moderno, Occidente desató su energía sobre África y sobre Asia, procediendo a un reparto colonial de estos continentes. La tecnología de transporte y las innovaciones en el terreno de los armamentos dieron una formidable superioridad a los occidentales. Sin las ametralladoras y los cañones, los ingleses habrían sucumbido a los zulús (hacia 1870) y también a la ira de los bóxers chinos (1900). En estos casos, tal como afirmó Marx, la violencia fue comadrona de la historia. En todo caso, los avasalladores occidentales trataron de no golpearse mutuamente y procedieron a un reparto ordenado de África (Conferencia de Berlín, 1884-85).

También en estos temas se impone volver a los clásicos. Es tal el gozo que uno siente al leer las páginas escritas por Stefan Zweig sobre Cicerón (el libro se titula Momentos estelares de la humanidad) que el viejo político romano llega a convertirse en un hombre justo. Bregado en la política romana durante más de medio siglo de la primera centuria antes de Cristo, Cicerón había luchado contra los que pretendían aniquilar el sistema republicano romano. Lo hizo contra Catilina y al final de su vida contra la figura clave de César. Zweig nos sumerge en el pensamiento de este anciano a punto de morir en su villa de los alrededores de Roma. Pero Cicerón representaba a la elite romana, dotada de riqueza y privilegios; era la cabeza de los que se oponían a todo cambio. Fue un político de pura cepa y un orador de primera categoría; pero políticamente representaba los intereses de los poderosos. Los grandes cambios romanos procedieron de las leyes. Sin duda, el asesinato de Cicerón por los hombres de Marco Antonio en el aciago año 44 a.C proporcionó una ventaja al llamado “partido popular”. Faltaban leyes ajustadas a las demandas sociales. El Principado de Augusto, una auténtica revolución, puso las bases legales de una transformación desde las leyes.

¿Estamos ante una sociedad anestesiada ante la injusticia, la desigualdad y el dolor? No estoy seguro que la aseveración de Fontana, que servía para iniciar estos renglones, sea ajustada. Es posible que las revoluciones aparenten ser violentas y rápidas e incluso que el historiador se deje llevar por el sabor de las convulsiones de otro tiempo. Pero estamos advertidos ya por Fernand Braudel que los cambios sociales no se producen de modo súbito y rápido. Ni siquiera se pueden imponer desde arriba. ¿Y desde abajo?

Volvamos a nuestra tierra. El inicio del reinado de Carlos I (hacia 1516-17) está marcado por las grandes revueltas de las Comunidades de Castilla y las Germanías de Valencia y Mallorca. El levantamiento de las ciudades castellanas provocará también el mimético intento en Requena. Un sector insatisfecho con la política tradicional y con lo que el nuevo rey anuncia, encabeza la revolución. Durante algún tiempo consigue torcer en su beneficio la política municipal e influir a nivel regional con la toma de Moya. El liderazgo corresponde a un enigmático personaje: Luis La Cárcel. El fracaso del movimiento se selló en Villalar, pero es imposible saber qué habría sucedido si hubiese triunfado. En todo caso, La Cárcel bien podría representar a un sector de clases ascendentes, quizás hechos en el mercadeo de una Requena floreciente hacia 1500; pero un grupo marginado del poder municipal. Entonces, se requería un nuevo sistema legal que crease la plataforma adecuada a la participación de la sociedad que estaba llamando a las puertas. Se buscaba el mantenimiento del edificio de la Justicia y el arbitraje que la Corona ejercía sobre un territorio donde los municipios tenían un peso creciente en las decisiones.

Si tiene razón el filósofo ruso Lev Xestov y la historia de Occidente y el Mediterráneo puede resumirse en la pugna de Atenas contra Jesusalén: la pugna entre la virtud ciudadana del diálogo y el ejercicio de la razón y el sentido común; frente a la fe religiosa; quizás lo que necesitamos es fe en nuestra fuerza como sociedad, fe en nuestra capacidad de transformación, y razón y diálogo para llevar adelante un cambio, sin duda lento, pero necesario. ¿No es esto lo que nos hace falta? Recordemos que, como creyente, Quevedo murió temeroso de acabar en el Infierno; como creyente en la religión del progreso, Larra murió pensando en la extinción de los principios morales. Tantos hombres y mujeres maltratados por la crisis económica y por leyes injustas, por deshaucios, víctimas del paro y la pobreza, (…) ¿Qué tiene que ver esto con la democracia?

 

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