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A vueltas con Pacheco, el de la tele…¿o era marqués de Villena?

LA BITÁCORA DE BRAUDEL. REPENSAR NUESTRA HISTORIA. JUAN CARLOS PÉREZ GCÍA

El presente no es independiente del pasado. Julián Sánchez recordaba entresijos y pormenores de la sentencia anti-desahucios. Falta subrayar que la ley de marras no es precisamente de hace 20 años; en cambio data de principios del siglo XX, cuando España tenía por rey a Alfonso XIII y el régimen de la Restauración hacía aguas por los cuatro costados. Era una España en proceso de modernización, pero plagada de injusticias aún más profundas que las actuales.

El presente no es independiente del pasado. Julián Sánchez recordaba entresijos y pormenores de la sentencia anti-desahucios. Falta subrayar que la ley de marras no es precisamente de hace 20 años; en cambio data de principios del siglo XX, cuando España tenía por rey a Alfonso XIII y el régimen de la Restauración hacía aguas por los cuatro costados. Era una España en proceso de modernización, pero plagada de injusticias aún más profundas que las actuales.

Pero el presente modela el pasado. Incluso lo construye a su antojo. El objetivo puede ser muy diverso: la autosatisfacción, la propaganda política o de otra naturaleza, etc. Algunas veces se trata simplemente de crear efectismo y una especie de morbo que estimule el interés por un personaje o acontecimiento de la historia.

Probablemente algo de esto hay en la última serie de la tele sobre Isabel la Católica. Quede constancia aquí del enorme trabajo que los guionistas han realizado, y además con unas extraordinarias dosis de fidelidad a la historia. Pero el medio requiere el pago de tributos especiales, porque la televisión se alimenta de la inmediatez, vive del éxito de televidentes y no puede esperar a un análisis más reposado como ocurre con la literatura. Esto crea numerosos problemas en particular a la historia. Porque la televisión se erige en creadora de historia. En este sentido, puede llegar a impedir una comprensión adecuada del pasado.

La protagonista de la serie era una bellísima Isabel, pero el contrapeso lo llevaba un personaje bien trabado: Juan Pacheco, marqués de Villena y poderosísimo maestre de Santiago. Realmente era Pacheco el que se convertía en protagonista. No es nada extraño, porque fue asimismo protagonista de la historia del siglo XV hispánico, junto a su hermano Pedro Girón.

Pacheco es un auténtico personaje para la tele del siglo XXI. Posee los ingredientes de un elemento de éxito: ambición, poder, inteligencia, capacidad de maniobra, inmediatez al poder regio, etc. ¿Se puede pedir algo más para un personaje protagonista de una serie? Hay material más que suficiente para embelesar a los espectadores. El siglo XV fue tan angustioso y confuso que, sin grandes esfuerzos, se consiguen temas que pegan al espectador a su sillón. La serie nos presentaba a este Pacheco, el enérgico, intrigante, atento a su bien personal y de su gente, inteligente, maniobrero. Mas también dibujaba un Pacheco desdeñoso con la Monarquía, hasta un punto despreciativo con el rey. No es que Enrique fuera un dechado de virtudes tal que no fuera posible otra cosa que la admiración. Y ciertamente algunos textos de la cronística contemporánea inciden en ese desprecio de algunos magnates de la aristocracia hacia Enrique; sin embargo, creo que esto estaba completamente alejado de los propósitos de Juan Pacheco. Cercano al rey, instrumentalizador de su poder en su propio beneficio, la idea de un Pacheco tan anti-Enrique es, más bien, algo inventado por el guionista televisivo; como mucho, algunos textos de tendencias filo-republicanas inciden en ese anti-monarquismo.

Naturalmente nuestra meseta está asociada por los avatares históricos a la figura de Juan Pacheco. No soy yo quien va a arrojar alguna luz sobre ese espacio de tiempo oscuro, la segunda mitad del siglo XV, en que Requena pareció caer en manos de don Juan. Pero los indicios están ahí: las viejas aspiraciones del marqués a controlar por completo la Meseta, con su aduana; la acción del rey Enrique IV “entregando” la villa de Requena a Pacheco; y, especialmente, las capitulaciones de Chinchilla que, preparadas por la villa y Pacheco, suponen una entrega casi incondicional. Aquellos que alberguen alguna duda sobre lo draconiano de lo firmado en Chinchilla por los comisionados del concejo de Requena deben consultar y reflexionar a fondo sobre lo que transmite Pedro Domínguez de la Coba.

Pacheco da mucho juego en la serie. Era un ser inteligentísimo, naturalmente dotado para la política. Criado en el seno de una familia portuguesa que se había rehecho después de perderlo casi todo en Aljubarrota defendiendo los derechos sobre el naciente estado portugués de Juan I; Pacheco emergió con una potencia inusitada sobre las posesiones y dignidades en otro tiempo ostentadas por Álvaro de Luna, cuando Enrique IV alcanzó el trono.

Colocaba más arriba entrecomillada la palabra “entregando”. Es el momento de explicar el sentido de este acto. Entregar vale ahí por donar, depositar, colocar bajo el mando de…. Pero lo verdaderamente significativo es que el origen del acto es el monarca. Esto quizás no se ha subrayado lo suficiente.

Un texto es un arma para algo. La denominada entrega de Requena a Juan Pacheco, las llamadas capitulaciones de Chinchilla, los textos que se refieren a don Álvaro de Mendoza son textos que juegan un papel en el cosmos social en el que se insertan. Interesan en cuanto tienen una determinada función dentro de los anhelos y problemas de aquella época. De aquí que susciten reacciones en la villa y provoquen enfrentamientos militares.

Los llamados textos de entrega de la Villa y su Tierra tanto al Mendoza como al de Villena nacen de la voluntad del poder real. Y aquí viene algo que quizás no ha sido suficientemente tenido en cuenta en nuestra historia local y comarcal. Es conveniente distinguir entre rey y poder real. Porque pueden tratarse de instancias diferentes. Aunque aparentemente esté claro, no parece estarlo tanto en la mente y la pluma de algunos. El poder real designa esa especie de gobierno que encabeza el rey. Como sabemos, es un gobierno cambiante durante la segunda parte del reinado, pero se caracteriza por contener un entramado de personas e intereses. El rey es una persona, la institución de la monarquía casi; pero es una persona, con sus rasgos peculiares, su psicología, sus contradicciones, sus planes o su ausencia de planes. La cuestión es que el gobierno cambia de liderazgo en sucesivas ocasiones y el monarca también aparece demasiadas veces desorientado.

En otras palabras, las directrices gubernamentales están supeditadas a la Corona; pero el monarca es un pelele, y la influencia del entorno cortesano, cambiante, se hace sentir en muchas ocasiones, variando la orientación de la línea política principal. En todo caso, pocas épocas en la Meseta hicieron visible más a las claras la realidad de la imbricación profunda de lo local en lo general. ¿Todavía queda alguien que se pregunta para qué sirve la historia local?

En este sentido, la próxima semana trazaremos el perfil de la segunda generación de judeoconversos que llenaron el período de Isabel la Católica, entre los que está la familia de Salomón Torrutiel.

Juan Carlos Pérez. En Los Ruices, a 21 de marzo de 2013.

 

 

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