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Suevos, Vándalos y Alanos

Suevos, Vándalos y Alanos

Requena /21/03/17)

LA HISTORIA EN PÍLDORAS/ Ignacio Latorre Zacarés 

Uno aún se acuerda que cuando estudiaba Geografía e Historia en la antigua EGB se debía memorizar que con la descomposición del Imperio Romano vinieron para Hispania unas tribus algo raras de allende los Pirineos que se denominaban “suevos, vándalos y alanos” por este estricto orden porque si no la lección no salía (prueben a invertir los órdenes “vándalos, suevos, alanos” o peor aún “alanos, suevos, vándalos”: ¡no sale!). De estos pueblos germánicos por aquí aparecidos poco se sabía más, ya que el libro de texto continuaba con los visigodos que tenían para mucho más rato. Los suevos y alanos desaparecieron de la memoria colectiva, pero los vándalos vinieron a nuestra casa para quedarse, porque miren que estamos permanente rodeados de esta tribu de descerebrados con sus continuas y desesperantes actuaciones.

De unos años para aquí es una queja frecuente de los consistorios y sus alcaldes los frecuentísimos actos vandálicos efectuados contra el mobiliario urbano. Edificios recién pintados, señalética, alumbrado público, bancos, papeleras, contenedores, monumentos, wáteres públicos, etc. son objeto de la acción de estas personas que no parecen poseer nada más interesante y atractivo en su tediosa vida que, en los escasos momentos en que no están ocupados en enviar idioteces por el móvil, destruir aquello que es de todos, generalmente realizando la acción con nocturnidad y alevosía. Un porcentaje sensible de los presupuestos comunitarios van destinados a la restitución de estos elementos vandálicamente destruidos, cuando no a la limpieza de espacios públicos de gentes que no entienden que la diversión en la calle no está reñida con tirar las botellas y desperdicios del botellón a los contenedores de basura. Uno pudo contemplar atónito en Salamanca frente a su hotel como a las cuatro de la mañana de un sábado una ya avejentada brigada municipal donde la edad media superaba casi los sesenta años esperaba pacientemente que los últimos niños pijos que quedaban en la plaza se fueran a dormir la mona a casa para proceder a limpiar lo que sus “señorías” no habían visto procedente depositar en los contenedores puestos al efecto.

Además, cuando los bárbaros (al fin y al cabo los vándalos era un pueblo bárbaro) son pillados “in fraganti”, tampoco pueden ser reprendidos no sea que esto pueda ser entendido como una coerción a su libertad y producirles un estrés traumático y mental que aconseje la intervención de psicólogos.

Pero en estas píldoras muchas veces aparece esa moraleja que viene en decir que poco hay nuevo bajo el sol. Y eso me pasa cuando pego un vistazo a la interesante colección de prensa comarcana que generosamente ha donado al Archivo Municipal el inquietísimo Marcial García Ballesteros (al que le va muy bien la letra del célebre pasodoble que lleva su nombre). Sobresale dentro de esta colección “El Eco de la Región”, el primer semanario de larga tirada requenense de unos ochenta números y de vida efímera ya que sólo se imprimió entre 1894-1895. En “El Eco de la Región” escribía lo más laureado de la intelectualidad requenense y comarcana desde el periodista y poeta Venancio Serrano Clavero al gran historiador utielano Miguel Ballesteros (que proporcionaba las noticias de su patria chica y escribía a veces bajo el pseudónimo “Fray Colás”), el músico Mariano Pérez Sánchez, Casimiro Pino (que realizó el primer plano urbano de Requena), Pedro Masiá, Joaquín Ferrer Herrero, Vicente Bolós, el químico y enólogo Valentín García Tena, Rafael Villena, José Joaquín Herrero, Nicolás Soriano, etc.

En “El Eco de la Región” había una curiosa columna anónima denominada “Crónica local y general” que nos informaba de acontecimientos de carácter menor que ocurrían en Requena. Ahí uno se puede encontrar desde los datos demográficos de entierros sucedidos entre número y número; los problemas vecinales con el pago de la contribución; las peleas de gallo; los edificios públicos que se estaban construyendo; las incidencias meteorológicas; los mamporros y escopetazos entre vecinos y un amplio y variado catálogo de incidentes.

Pero, entre la casuística más repetida por esta venerable columna era hacernos saber los actos vandálicos que sucedían en la Requena de la época. Actualmente, entre las preferencias de estos anodinos personajes que no encuentran nada mejor que hacer en su vida que destruir lo construido está el alumbrado público. Y también en la Requena de 1894 nos encontramos con unos bárbaros trasnochadores que rompieron a pedradas setenta y seis cristales de treinta y tres farolas de gas de las ciento cincuenta que había en la población. Es decir, en una noche casi se cargaron la cuarta parte del alumbrado público. El arrendatario del servicio echaba chispas (casi literalmente) y amenazaba con los tribunales si se sabía algo de tamaños pérfidos. Y no sólo apedreaban farolas porque también “El Eco de la Región” denuncia la actuación de “rapaces” que insultaban y tiraban piedras a respetables ancianos “dejando malparado el principio de urbanidad y cultura” (¡Cómo está/estaba el patio!).

Al que si pillaron en el mismo año de 1894 y metió el alcalde en la cárcel fue a un mozo que tuvo la “peregrina ocurrencia” (así en el original) de nada menos que colocar un guardacantón, que es ese poste de piedra que hay en las esquinas para evitar los roces de los carruajes, en medio de la calle Rosario con la perversa intención de provocar el tropiezo de los transeúntes.

El anónimo redactor de la columna referida se enfurecía cuando observaba lo que él calificaba como inacción del alcalde por la falta de correctivo a los que alborotaron la “Misa del Gallo” en la parroquia de El Salvador; a los que pronunciaron las “intemperancias soeces de cuatro cafres” que habían llevado al cierre de la subasta del Carmen o a los provocadores de los escándalos habidos en las últimas funciones de la compañía infantil.

Pues ¿cuál era el correctivo? Según el redactor, a lo más que llegaba el alguacil era a conminarles con la siguiente expresión: “- Si los queréis divertir y hacer los asnos, los vais a la fuente de las Pilas-”. Por cierto, que las fuentes siguen siendo un deplorable objetivo de los asilvestrados actuales.

A veces más que vándalos se puede hablar de bromistas como al que se le ocurrió echar determinados polvos en la Iglesia del Carmen de Requena provocando en mitad del sacrificio de la misa grandes toses y estornudos entre la feligresía que padecían fuertes picores en la garganta y fosas nasales.

Esto era a finales del XIX en las Iglesias, pero de cuando se popularizó el cine, el Archivo conserva una buena colección de denuncias de los años cuarenta y cincuenta por acciones como estornudar o bostezar estentóreamente para provocar la carcajada general; por silbar en medio de la proyección; por provocar riñas o promover escándalos; maltratar al aposentador; varias por ventosearse repetidamente; muchas por fumar en la sala e incluso una multa a un testarudo señor que se negó a quitarse el sombrero. Muchas eran por “no guardar la compostura” que en ocasiones estaban relacionadas con la mojigata moral de la época. El cinema Armero se llevaba la palma en “conductas indebidas”.

Lo cierto que del esporádico hurto de conejos en el corral del tío Abundio o de mazorcas en la huerta del tío Andorro de mi época (sí, me acuso de ello) a la sistemática destrucción del mobiliario urbano actual va un trecho, aunque si leemos la prensa de finales del siglo XIX los tiempos no eran mucho mejores. El redactor del “Eco de la Región” pedía más civilización y cultura y eso es lo que muchos hacemos aún hoy en día con escaso eco.

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