Sábado , 20 enero 2018
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Una tumba en África

Una tumba en África

LOS COMBATIVOS REQUENENSES. / Víctor Manuel Galán Tendero.

                Cuando terminó la I Guerra Mundial se sintió una honda pérdida, la de los caídos en los campos de batalla. Muchas familias europeas lloraron la muerte de seres queridos, cuyas vidas habían sido interrumpidas por una de las mayores carnicerías de la Historia militar. Los monumentos conmemorativos que se fueron alzando en distintos puntos del continente, como el de la martirizada Ypres, atestiguaron el sentido homenaje a los soldados que dieron su vida por su bandera. El 11 de noviembre de 1920 se dispuso bajo el parisino Arco del Triunfo la tumba del soldado desconocido, un combatiente de Verdún que no fue identificado y que simbolizó a todos aquellos que sufrieron la misma circunstancia.

Estas honras tuvieron un significado ambivalente, ya que expresaron el cansancio por la guerra de sociedades como la británica, con servicio militar voluntario y pacifismo en alza, a la par que una variedad de la religión de los héroes de la patria, iniciada durante la Revolución francesa, reverenciadora de los valores nacionalistas y militaristas que habían conducido al conflicto.

España, como es bien sabido, no entró en la Gran Guerra, pese a los vivos deseos de algunos de sus ciudadanos, pero libró entre 1909 y 1927 una penosa conflagración en el Norte de Marruecos, el Rif, donde encajó a manos de sus naturales derrotas tan penosas como la de Annual (1921). Desde las posiciones de Ceuta y Melilla se luchó por implantar la autoridad española en la zona de protectorado que las grandes potencias resignaron a nuestro país. Para muchos españoles se trató de una experiencia horrorosa en la que encontraron la corrupción más descarnada, la enfermedad, la mutilación o la muerte. Una gran parte de la tropa movilizada a la fuerza no compartió las ansias de aventura de los militares africanistas que tanto darían que hablar en nuestra Historia.

Uno de aquellos soldados fue el requenense Ángel Lahiguera Alonso. Parte de su historia yace en una carpeta de rojas cintas cargada de cuartillas en nuestro Archivo Histórico. En dos hojitas se despachó lacónicamente su caso. Ángel sirvió en el regimiento de infantería Ceriñola, creado en 1877 y veterano en las campañas africanas desde 1893. Padecería esta unidad la triste suerte de los caídos de Annual, pero antes nuestro hombre murió a causa de nefritis en el hospital militar melillense Docker, llamado así por el tipo de sus barracones construidos en Hamburgo.

Murió un 31 de enero de 1920 y las autoridades militares de Melilla lo comunicaron el 11 de febrero a sus familiares, como su padre Benito, a través del ayuntamiento de Requena al ignorar el domicilio paterno. En breve mensaje se dio aviso que su sepultura era quinquenal “por si en su día quisieran renovarla y para que tengan el pequeño consuelo de que no fue a la fosa común.”  Desde 1892 el cementerio de la Purísima Concepción de Melilla se ha convertido en el camposanto de unos doce mil militares españoles fallecidos en el Norte de África en circunstancias diversas, desde el general Margallo a nuestro soldado. Allí tuvo su tumba en África, sin pompa ni vanagloria como le complació ser sepultado en Medinaceli a Al-Mansur, carente del homenaje de los soldados de otros ejércitos de su tiempo, identificados, desconocidos u olvidados. Al menos vaya desde aquí nuestro reconocimiento a don Ángel Lahiguera Alonso.

Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA. Correspondencia militar de 1913-39, nº. 1354.

 

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