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Y, sin embargo, se tocan

Y, sin embargo, se tocan

Requena (18/01/18) LA BITÁCORA / JCPG

Hace tiempo que sabíamos que los extremismos ideológicos comparten ciertos campos de acción. Nada nuevo. Comparten la violación sistemática de los derechos personales. El apisonamiento total de la personalidad individual. El Estado es la máxima. Ocurrió en la Europa de los años 1930 y 1940. Nazismo, fascismo y comunismo fueron los artífices de esta locura totalitaria que se llevó por delante la vida de millones de personas. Hannah Arendt denunció esta realidad en su análisis de las fuentes del totalitarismo. E. Nolte siguió en la estela para trazar lo mecanismos, los objetivos y las procesos de lo que llamó el tiempo del totalitarismo. Oswald Splenger se convirtió en el adivino de un tiempo nuevo bajo la máxima de que Occidente había entrado en su decadencia, algo propio de la etapa conclusiva de todas las civilizaciones.

Existen nuevos campos que la historia, los historiadores están explorando en los últimos años. Hay que decir que con variada fortuna, pero que se están consolidando como vías a través de las cuales el conocimiento histórico se va ampliando cada día. Uno de estos campos es el del conocimiento del genocidio protagonizado por los nazis. Las víctimas del mismo fueron muy variadas. Evidentemente los seis millones de judíos se imponen a cualquier otra consideración. Pero no hay que olvidar a los homosexuales, a los gitanos. No debemos olvidarnos tampoco de los enfermos mentales, que fueron eliminados en supuestos sanatorios. El gran objetivo era modelar un hombre nuevo, evidentemente bajo los patrones de lo que se consideraba la raza aria. El despliegue del racismo fue tan violento, sanguinario e inhumano que la palabra raza ha sido prácticamente proscrita. Pocos científicos y aún divulgadores se atreven a usarla en sus escritos. Está manchada de sangre.

Estos días he terminado de leer una obra monumental que, por su gigantesca potencia, su inmensa información, su variopinto elenco de fuentes usadas, es difícil de resumir en una única línea argumental. Se trata de la investigación descomunal de Wachsmann, que nos lleva con mano firme por el mundo del universo concentracionario de los nazis, desde el primer campo organizado para liquidar a los oponentes políticos. Este campo primigenio se organizaría a los pocos días del ascenso de Hitler a la Cancillería, gracias a las artes del ultraconservador presidente de la República de Weimar, Von Hindemburg. Uno de sus primeros inquilinos sería Tälmann, el líder comunista, del KPD, que fue rival en las elecciones frente al nazismo hitleriano.

El nazismo y el comunismo. Algo se tocaban. Al menos el apisonamiento de los derechos de las personas, en aras de objetivos que consideraban más altos. Stalin confío temporalmente en Hitler, y firmó con él aquel pacto oscuro del verano de 1939. De aquí surgiría la segunda guerra mundial. En el libro de Wachsmann se repasa el proceso evolutivo de los campos nazis, se distinguen los diferentes tipos. El autor subraya que el campo es algo surgido a fines del XIX; en realidad, fruto del imperialismo consustancial a la segunda revolución industrial. No podemos dejar de reconocer que España los empleó en Cuba para afrontar el aplastamiento de la sublevación de la isla en torno a 1898: el general Valeriano Weyler y sus estrategias.

Hemos dicho bien: hay una evolución en los campos. Igual que un proceso sistemático de organización, a veces con una precisión milimétrica, germánica. El prototipo de tal celo organizativo quizás sea Josef Kramer, que estuvo en Auschwitz con Rudolf Hoss, y que luego sería destinado al final de la guerra al caótico Treblinka. En este libro también se habla de ellos: de los perpetradores, los criminales, sin ninguna empatía con el inmenso dolor que infligían diariamente a sus víctimas. Como ya dejó bien sentado Rosa Sala Rose en páginas brillantes, muchos de estos jefes eran gente de familia, amantes de la música clásica y la poesía.

En el campo de Buchenwald los oscuros manejos de los kapos comunistas se cobraron muchas vidas de aquellos que consideraban sus enemigos.

Los perpetradores no estaban solos. Tuvieron cómplices. Tuvieron espectadores. Los espectadores se convirtieron rápidamente en cómplices si ayudaron en alguna medida al exterminio. Aquellos chiquillos que se acercaban a las fosas excavadas en Ucrania por los Eizantsgruppen, con tal de fusilar allí mismo a miles de judíos, dentro del holocausto por balas, aquellos chiquillos fueron observadores que se acercaron por pura curiosidad. Los cómplices fueron aquellos ciudadanos del pueblo que robó las casas y las tierras de los judíos, y que incluso asesinaron sin piedad a los supervivientes de esa familia que regresó al final de la guerra.

El tercero por la izquierda es Josef Kramer. El primero el criminal Mengele. Dios los cría y ellos se juntan. Estaban en Auschwitz cuando el fotógrafo de la SS realizó esta foto en un momento del descanso de su sanguinaria tarea.

La complicidad es un campo extenso, tan amplio que puede perderse en el horizonte. El propio Jan Karski, una figura que hay que seguir ensalzando, lo reconoció en las potencias aliadas: algún tipo de complicidad, quizás tenue, se extiende en aquellos que no hacen nada para evitar la aniquilación de millones.

Lo que sucedió en Buchenwald mostró que el comunismo y el nazismo compartían un mismo terreno. Los kapos, los que hacían de intermediarios entre los jefes nazis y los prisioneros del campo, en ocasiones, salvaban a un detenido comunista entregando a otro prisionero de otra ideología o de ninguna. Una práctica con la que los kapos comunistas protegían a sus camaradas contra las experiencias sobre seres humanos falsificando las listas de los SS y sustituyéndolos por el nombre de otros detenidos. Muchos kapos comunistas confesaron que tenían que ser, debían ser, implacables con otros detenidos, con aquellos que no eran comunistas. La aniquilación en el mortífero campo de Dora era evitada así para los camaradas comunistas, porque en su lugar enviaban a otros detenidos juzgados indeseables e inferiores.

La obra de Wachsmann también incide en estas actitudes cómplices. Señala el territorio compartido de nazismo y comunismo, aunque sea políticamente incorrecto mencionarlo. Porque para muchos este tema es tabú, o casi. Como para Jorge Semprún, que se pasó media vida maquillando su pasado de kapo estalinista en Buchenwald.

Quiso ocultarlo. Pero no pudo. Su pasado de kapo estalinista en Buchenwald fue denunciado por muchos, como Stephane Hessel, el padre ideológico de los indignados del 15-M. El propio Hessel subraya que, desde la fecha temprana de 1937, la gestión interna del campo estaba en manos de estos kapos. La satánica dimensión de los kapos comunistas no puede ser maquillada.

Pue sí. A pesar de lo que digan: se tocan, comparten cama. Quizás algunos justifiquen el asesinato individual por el simple hecho de la marcha de la historia. El mismo argumento les sirve a los nazis para justificar el asesinato en masa.

En Los Ruices, a 18 de enero de 2017.

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