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Cuaderno de Campo. La Naturaleza en la Meseta de Requena-Utiel 
Requena (01/01/19) /Javier Armero Iranzo  

Ajenas a la algarabía de los pueblos y de las aldeas, donde se celebra la llegada del año nuevo, unas criaturas discretas recorren las sombras como en cualquier otra noche. Sumamente ágiles, se sumergen en la oscuridad en busca de las presas que les aportarán las calorías suficientes para soportar mejor las bajas temperaturas. Comadrejas y garduñas, entre otros magníficos cazadores, se mueven con total soltura por el monte en estos momentos.

Habitantes invisibles de apartados parajes ponen una nota de vivacidad en las largas noches de invierno en la que todo, o casi todo, parece estar dormido. Comienza aquí hoy una trilogía que abordará uno de los grupos de animales más interesantes, bonitos y necesarios de la naturaleza comarcal: el de los mamíferos carnívoros. En realidad no es más que una continuación del último Cuaderno de Campo dedicado al turón. Se pretende dar una visión global sobre estos discretos animales, que por su biología tan reservada, apenas son conocidos por el paisanaje.

Concretamente en el presente ensayo se presentan dos especies parecidas en sus formas y colores pero muy diferentes en tamaño, costumbres y estatus comarcal: la comadreja y la garduña. El siguiente texto versará sobre el tejón y la gineta, dos fascinantes y a la vez dispares animales. Y terminará la serie con el carnívoro más versátil de todos y seguramente, si ustedes me lo permiten, el más bello: el zorro.

Hace ya un año que se trató al gato montés, el único felino salvaje que se distribuye en la Meseta de Requena-Utiel. Y más adelante habrá tiempo para hablar en exclusiva de la nutria, de ecología y costumbres totalmente diferentes al resto de predadores. Todos estos animales conforman una parte fundamental de la biocenosis del monte mediterráneo, el de los consumidores secundarios. Su existencia garantiza el buen funcionamiento de todo el ecosistema. Merece la pena, pues, conocerlos mejor.

Sin embargo, estos animales no son fáciles de detectar; la verdad. Sus costumbres retraídas hacen que pasen muy desapercibidos tanto para las presas sobre las que actúan como para los potenciales depredadores de los que hábilmente se ocultan. Además sus hábitos mayoritariamente nocturnos y su relativa escasez numérica, en consonancia con la  posición que ocupan en la pirámide alimentaria, los convierten en unos seres muy discretos.
       
Muchas veces el curioso naturalista se tendrá que conformar con el hallazgo en el campo de huellas y señales como indicios inequívocos de su presencia. La territorialidad de la que hacen gala estos animales facilitará el marcaje de sus dominios vitales con excrementos que serán depositados en sitios bien visibles y que nos dará una idea de qué especies habitan el medio natural, e incluso qué tipos de paisajes se reparten. En este sentido también es importante la búsqueda y estudio de las huellas que quedan grabadas en los sedimentos del terreno, especialmente en los limos blandos de charcos y orillas de cursos de agua, o en las arenas y el polvo de los propios caminos y sendas por las que transitan.

       
Existe toda una metodología de trabajo consistente en el análisis de indicios de la actividad de este tipo de animales en el medio natural y con la que se extrae una información valiosa sobre unos seres que cuesta mucho descubrir mediante observación directa. Así el análisis de rastros, deyecciones, madrigueras, guaridas, restos de presas; o ya más raramente de pelos, hozaduras, escarbaderos y afiladeros de garras pueden ser de suma utilidad en los estudios de campo.

El orden taxonómico de los mamíferos carnívoros está compuesto en Requena-Utiel por cuatro familias diferentes que agrupan un total de ocho especies: un cánido (el zorro); un félido (el gato montés); un vivérrido (la gineta); y cinco mustélidos (el turón, la nutria, la comadreja, la garduña y el tejón).

Todos ellos cuentan con una dentición muy especializada en la dieta carnívora, aunque muchos la complementan con materia vegetal, principalmente frutos y bayas de plantas silvestres. Entre las piezas dentales destaca la existencia de cuatro caninos o colmillos muy desarrollados con los que matan a sus presas y de la denominada tijera carnicera, formada por el primer molar inferior y el cuarto premolar superior, con la que desgarran eficazmente su carne.

En estos animales también sobresale el sentido del olfato, muy desarrollado, con el que descubren los más sutiles efluvios emanados por sus presas o por sus propios enemigos; o con el que se facilita el intercambio de información entre otros individuos de su misma especie.

Los animales asignados a estas familias sistemáticas suelen caracterizarse por su elevada territorialidad. Los machos defienden con firmeza unos dominios vitales donde extraen los recursos alimentarios que necesitan para vivir; aunque no suelen tener problemas para compartirlos con hembras de su propia especie, con lo que se aseguran así la existencia de individuos del sexo contrario de cara a la reproducción.

El tamaño de los territorios es inversamente proporcional a la cantidad de alimento que les proporciona. Así en ambientes muy ricos en comida los dominios tienen mucha menor extensión, mientras que en espacios más pobres obviamente se necesita extender más la búsqueda del sustento. Los machos, cuando llega la época de celo, tratarán de aparearse con todas las hembras que puedan, aunque sólo estas se ocuparán de las crías una vez que nazcan.

Aunque se denominen carnívoros lo cierto es que hay especies de alimentación más estricta, como las comadrejas cuya dieta principal está basada en el consumo de roedores, y otras de consumo más generalista u oportunista, como las garduñas, las ginetas o los zorros, que se adaptan perfectamente a la disponibilidad alimentaria que ofrece el campo en cada momento del año. Precisamente estos últimos animales suelen ser más abundantes en Requena-Utiel por su mayor plasticidad ecológica, al contrario de aquellos más especialistas en que su demografía es muy sensible a las fluctuaciones propias de sus presas.

Hecha una breve presentación de este fascinante grupo de animales vamos a centrarnos hoy en dos de ellos: la comadreja y la garduña.

La comadreja Mustela nivalis es el mamífero carnívoro más pequeño del mundo. Resulta difícil confundirla con cualquier otro animal, ya que su tamaño y sus movimientos rápidos y nerviosos la delatan enseguida. Su peculiar morfología ha sido modelada espectacularmente por la evolución. Su cuerpo pequeño, de forma alargada y casi serpenteante constituye una magnífica adaptación para la persecución y captura de los roedores en sus propias madrigueras subterráneas.

Desde luego que su dieta tan especializada ha influido no solamente en su cuerpo sino en la propia biología del pequeño carnicero. Es una especie estrictamente carnívora con un comportamiento alimentario realmente espectacular. Sus movimientos, rápidos y precisos, son dignos de reseñar. Pasa gran parte del día sumida en una búsqueda intensa y activa de sus presas con una celeridad tan prodigiosa que las cotas de gasto energético se disparan. Recuerda en cierto modo al elevado trajinar de otros pequeños predadores igualmente nerviosos como son las musarañas; en este caso voraces consumidores de insectos y otros invertebrados.

Su frenético ritmo de vida, que la hace destinar gran parte del tiempo a las actividades cinegéticas tiene el serio inconveniente de hacer frente al elevado gasto metabólico que lleva consigo, por lo que necesitan habitar parajes realmente ricos en alimento. Y eso en nuestra demarcación, y más en los tiempos que corren, cada vez es más difícil de encontrar.

Todos los naturalistas de la Meseta de Requena-Utiel con los que he hablado en los últimos años coinciden en que la comadreja debe estar sufriendo un severo declive poblacional en la comarca. No se han hecho estudios científicos que avalen tal hipótesis pero lo cierto es que cada vez cuesta más ver algún ejemplar en libertad. Las observaciones de comadrejas hace unos años, o mejor dicho hace unas décadas, eran bastante repetidas en muchos de sus municipios, pero ahora ya no es así. Seguramente las razones haya que buscarlas en la disminución en el campo de los micromamíferos de los que se alimenta.
Y ello seguramente como consecuencia del radical cambio que está sufriendo nuestro paisaje agrícola, cada vez más productivo pero cada vez más vacío de vida. La comadreja es un animal muy vinculado a los mosaicos agroforestales, que en las áreas mediterráneas se caracterizan por integrar las parcelas dedicadas a la vid, al cereal o a otros cultivos de secano en ambientes de media montaña con lo que se enriquecen mutuamente ambos paisajes. Pero la intensificación de la agricultura en la que se simplifica los microhábitats del campo, se suprimen ribazos y márgenes, y se generalizan los productos químicos, incide negativamente en la densidad de presas que el pequeño mustélido necesita para subsistir. Algo muy parecido a lo que hace unas semanas se venía contando con respecto a la lechuza Tyto alba, de necesidades ecológicas muy similares.

En ambientes propensos dentro de su área de distribución europea la comadreja es capaz de comportarse como un estratega de la r, concepto ecológico muy poco habitual en el seno de los mamíferos carnívoros. Esto significa que en condiciones adecuadas de alimento la comadreja es capaz de sacar adelante  hasta ocho cachorros y volver a criar una segunda vez a lo largo del verano. Incluso, las hembras nacidas en primavera pasados tres meses son completamente fértiles y son capaces de reproducirse por ellas mismas.

De esta manera las comadrejas hacen frente a las fluctuantes poblaciones de roedores de los que se alimentan preferentemente. En cambio, y esto también hay que recordarlo, en época de carestía de presas la productividad de las comadrejas baja estrepitosamente, lo que puede llegar a tener consecuencias fatales para la supervivencia de una especie que tiene como máximo una esperanza de vida de apenas tres años. Y eso, ni más ni menos es lo que debe estar pasando en nuestra querida comarca.

Situación muy distinta es la que vive la garduña, otro bello mustélido comarcal. A diferencia de la comadreja, la garduña es un animal más propio de la sierra. Habita en Requena-Utiel todos y cada uno de sus macizos montañosos donde localmente puede llegar a ser frecuente.

Hay que señalar que la garduña era un animal muy escaso hace apenas un siglo. En esos momentos se encontraba bajo mínimos, no sólo en la comarca sino prácticamente en toda la Comunidad Valenciana, tanto por la intensa persecución a que fue sometida por el alto valor que entonces se le daba a su piel como por la enorme deforestación que sufría la práctica totalidad de los montes. Hoy día, afortunadamente esos factores han cesado y, aunque aún presenta otras problemáticas, la garduña ha ido expandiendo su distribución ocupando prácticamente todos los parajes apropiados para ella.

La verdad es que no cuesta mucho encontrar sus excrementos en sendas, pasos o lugares sobresalientes del monte. Uno de los sitios que más me gusta revisar en mis paseos por el campo es el desfiladero que conforma el Magro a su paso por La Herrada, donde la combinación de pinares y roquedos hace que este animal se distribuya por allí en buen número. Pero en general, es animal habitual en otros tantos parajes abruptos, forestados y ciertamente apartados de la presencia humana.

 La garduña Martes foina es claramente mayor que la comadreja, ya que llega a alcanzar un peso que oscila entre los 900 y los 2500 gramos y un tamaño de entre 65 y 88 centímetros aproximadamente frente los escasos 40 a 130 gramos y los 20 a 33 centímetros de las segundas. En esas medidas hay que tener en cuenta que tanto en las garduñas como en las comadrejas hay unas fuertes diferencias biométricas entre machos y  hembras, siendo mucho más grandes y voluminosos los primeros. La coloración del pelaje es muy similar en ambas especies con las áreas dorsales pardas (más oscura en la garduña y con tonos más canelas en la comadreja) y las ventrales blancas, aunque en el caso de la garduña el blanco apenas cubre el babero mientras que en la comadreja le recorre toda la parte inferior del dorso.

En cuanto a los hábitos diarios la garduña es un animal eminentemente nocturno hasta el punto que detectar a un ejemplar activo con luz del día es realmente un hecho excepcional. La comadreja también difiere en esta particularidad ya que no es nada raro descubrirla en sus correrías a pleno día, constituyendo una excepción al conjunto de carnívoros comarcales.

Pero quizás en aquello que más difiere un animal de otro es en el régimen alimentario. En realidad más que un carnívoro estricto como es la comadreja, la garduña se caracteriza por su omnivoría. En este sentido es capaz de adaptarse a la perfección a lo que un territorio le ofrece a lo largo del ciclo anual. Así, en verano y otoño la dieta de la garduña se enriquece notablemente con el consumo de higos, moras, madroños, bayas de enebro y de sabina, principalmente. De hecho el papel que juega este animal en la dispersión de las semillas de muchos árboles y arbustos del monte mediterráneo es fundamental para el mantenimiento del ecosistema.

Durante el resto del año preda tanto ratones y topillos en el suelo como ardillas y lirones en los árboles.  Captura  también muchas aves, y en menor medida anfibios y reptiles; e incluso no desdeña el aporte proteico que le suministran invertebrados de mediano tamaño como lombrices, insectos o arácnidos, entre otros.

Comadrejas y garduñas mantienen a raya las poblaciones de ratas y ratones que habitan el entorno inmediato de casas de campo y de aldeas. Suponen unos animales altamente beneficiosos para los intereses del ser humano en el medio rural. Sus bonitos diseños anatómicos, sus modos de vida tan atractivos e interesantes, y su posición clave en los entramados tróficos del ecosistema colocan a estos animales entre los más sugerentes para los investigadores locales.

Mucho queda por conocer sobre ellas; muchos misterios quedan por desvelar. Mientras tanto, y como en tantas y tantas jornadas, comadrejas y garduñas buscan ahora mismo el sustento en el año que ahora empieza de la misma forma que lo han venido haciendo sus antepasados desde la noche de los tiempos.

Les deseo a todos los lectores que admiren, amen, cuiden y disfruten todo lo que puedan de la naturaleza en este 2019. ¡Feliz año nuevo!

JAVIER ARMERO IRANZO

Gracias a Víctor París, a Carlos Sáez, a Toni López y a Pablo Ruiz por aportar sus fotografías que enriquecen notablemente este artículo.

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