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EL OBSERVATORIO DEL TEJO / JULIÁN SÁNCHEZ

Lo primero que viene a llamar la atención cuando alguien se interesa en investigar la estructura sociopolítica y económica de Dinamarca, viene a ser el asombro del perfecto funcionamiento de un sistema establecido en calidad de una monarquía institucional de composición parlamentaria (Folketinget), cuyo sistema político actual se basa en una estructura multipartidista de función representativa. El gobierno danés a menudo se caracteriza por administraciones minoritarias, asistidas por alianzas con uno a más partidos. En consecuencia, la política danesa se basa habitualmente en el consenso, como consecuencia de que desde 1909 ningún partido ha obtenido la mayoría absoluta en el Parlamento.

Dinamarca es una de las monarquías más antiguas del mundo, con una historia que se remonta a la época de los vikingos, cerca del año 1000. La actual constitución danesa adquiere vigencia desde 1849, y en ella se establece el marco legislativo de la democracia danesa. Dicha constitución se inspira básicamente en los derechos de los ciudadanos y los derechos humanos, como la libertad de expresión y libertad de reunión, para proteger a los ciudadanos contra la vulneración de sus derechos por parte del Estado.

Una de las principales ventajas que proporciona el alejamiento de los radicalismos en el sistema parlamentario danés viene a ser la ausencia de partidos de inspiración maximalista, allí no tienen cabida los extremismos políticos. En la actualidad, ocho formaciones políticas, sin contar los representantes de los partidos feroenses y groenlandeses, tienen representación parlamentaria en Dinamarca. Tres de ellos pertenecen al centro-izquierda e izquierda y los otros cuatro al centro-derecha y derecha.

El estado del bienestar danés es uno de los más sólidos de Europa, y en el se garantiza la igualdad social de oportunidades, la corrupción prácticamente no existe y los daneses aparecen regularmente en las encuestas como las personas más felices del mundo.

Todo el sistema recae sobre una educación integral prácticamente financiada por el Estado en su estructura pública, no obstante existe la opción de elegir un centro privado con la única salvedad de sufragar el 15% del total de la matrícula (el resto es financiado por el propio Estado),  toda vez que una de las preocupaciones más importantes del gobierno danés es la necesidad de ofrecer la mejor calidad posible en la formación y en la educación a la juventud danesa, y, debido a ello, la calidad de la enseñanza y la investigación en este país es reconocida en todo el mundo.

Como consecuencia de su baja tasa de natalidad y el consiguiente envejecimiento de su población, el estado danés adopta las condiciones necesarias para captar a profesionales cualificados que se afloren al país. Para que esto se haga posible, uno de los principales objetivos del gobierno danés consiste en captar a estos nuevos profesionales altamente cualificados en los distintos países de la Unión Europea. Para que ello se llegue a producir, establecen todas las condiciones necesarias al efecto y fomenta en el candidato el aprendizaje de forma gratuita de la lengua danesa, así como de una amplia gama cursos/grados en lengua inglesa.

La mentalidad democrática danesa le viene de muy antiguo. La historia de Dinamarca deja constancia que desde el siglo XVIII les ha llevado a apostar cada vez con mayor decisión por el funcionamiento democrático y el desarrollo del espíritu de la creatividad y la competitividad, el respeto, la formación, la inversión en investigación, así como el apoyo a la dependencia y a la conciliación familiar, fomentando políticas de igualdad de oportunidades, así como por la creación de un entramado de cultura, convivencia y cooperación que desembocó en su día en la evidencia de formar parte de un modelo excelente de convivencia y cohesión social. El asistencialismo se lo facilitan ellos mismos con su propios medios y particular sentido del trabajo.

En la ciudanía danesa no existe la mentalidad de destinar recursos para combatir la pobreza en modo asistencial, únicamente se cubren las coyunturas básicas, habida cuenta que los recursos son habilitados para facilitar la formación, capacitación y creación de oportunidades. En consecuencia, el debate viene a ser abandonar la espiral de pobreza fortaleciendo a las clases medias aumentando su renta disponible, todo ello les lleva a que el 10% más pobre de la población, disponga de una renta per cápita diez veces superior a las de las naciones del sur de Europa, como consecuencia de que dichas clases medias bajas se benefician en gran manera de la libertad económica en contraposición a la de otros regímenes más intervencionistas.

Lejos de alimentar la idea de que la pobreza se combate atacando a quienes son capaces de generar mayor riqueza, Dinamarca combate la desigualdad fomentando el crecimiento económico. La máxima de educar a la juventud en la capacidad de convertirse en generadora de empleo en lugar de buscadora de trabajo ha sido la base del enorme progreso del estado danés. Mientras que en España la principal opción de nuestros jóvenes consiste en llegar a consolidarse como funcionarios públicos, en Dinamarca los jóvenes son preparados para el emprendimiento, la investigación y el desarrollo, así como la creación y explotación de su propia empresa.

Lejos re propiciar el intervencionismo social y económico, así como la vieja e inútil dicotomía izquierda-derecha, el particular modelo danés deviene en su fundamento mediante un mercado laboral flexible donde cada empresa acuerda con sus propios empleados sus políticas salariales y asistenciales sin apenas intervención extemporánea. En consecuencia, estas políticas se establecen básicamente para gestionar desde el ámbito circunscrito a la propia empresa la prioridad aplicativa del convenio de empresa y sustituir la decisión de ámbito sectorial por procedimientos de negociación directa en su propio ámbito.

En consecuencia, las empresas danesas se sitúan en primer nivel en orden al concepto de competitividad, que no viene a ser otro aspecto que el nivel de capacidad que ostenta cada empresa para ser rentables en orden a sus actividades en mercados finalistas. En contrapartida, otros países considerados como rentistas, como por ejemplo Venezuela, profundamente subvencionados en orden a sus excelentes materias primas y con unos costes laborales extraordinariamente bajos, se encuentran en el fondo del ranking como los menos competitivos del mundo.

Estamos actualmente en un impasse político cuyo desenlace no se atisba ni de lejos, pero lo que si estamos seguros viene a ser en la idea de que las diversas propuestas de los partidos llamados a concordar las nuevas políticas, no circulan en orden a sus diversas propuestas por las vías donde se produce la sociedad danesa. Sería mucho pedir que en cuarenta años de funcionamiento democrático llegásemos a ostentar la experiencia de quien lleva circulando por esta ruta de convivencia algunos cientos más, pero lo cierto es que tampoco se acierta. Se hablan de políticas de “progreso”, pero esta cuestión no queda definida en algo más que una simple palabra. No, el progreso es un concepto bastante más profundo que un vocablo. No se pueden, ni se deben, en orden a su eficacia, aplicar en nombre del progreso políticas caducas y constatablemente fracasadas con el propósito de efectuar el efecto llamada al voto incauto que pretenda alcanzar un asistencialismo ausente de toda viabilidad de futuro, queda meridianamente claro que no. Mirando a países como Dinamarca se nos indica que no viene a ser este el camino que nos saque del atasco social y corruptivo en el que nos encontramos sumidos, puesto que esta medida no reflejaría otra cosa que el hambre para hoy y para mañana.

Si asumiéramos el espíritu democrático y consensual de los políticos daneses seguramente la salida a atisbar habría de ser una muy diferente, pero aquí jugamos más a ser el capitán de un frágil bajel de travesía incierta, que asumir en centrarse en la construcción de un sólido trasatlántico en común que ofrezca una singladura hacia el más atractivo de los destinos.

Hay que ver lo próximo que tenemos el ejemplo, pero la ofuscación de algunos, así como otras pretensiones más sectarias e inconfesables, no nos dejan percibirlo.

Julián Sánchez

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